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Víctimas por partida doble

El abuso sexual es una epidemia que se propaga rápidamente entre la niñez nicaragüense, pero se ensaña especialmente en las niñas en un país que impone la maternidad como un daño colateral por su condición de género y una pesada condena ante la penalización del aborto.

En Nicaragua cada hora se registran dos delitos sexuales, según el Instituto de Medicina Legal (IML), que durante 2016 atendió a 16 mil personas víctimas de abuso sexual siendo 7,600 niñas menores de 13 años.

Por ello, no es de extrañarnos que un informe de IPAS Centroamérica revelara que en la década que comprende 2007 – 2017, mil 600 niñas entre 10 y 14 años hayan sido violadas, resultaran embarazadas y fueran obligadas, por las autoridades sanitarias, a parir.

Uno de los mitos sobre el abuso sexual a niñas y adolescentes.

No es “calentura”, es abuso sexual

Cuando conocí a Mayra, tenía 28 años, y tras ella una larga historia de abuso sexual que inició al cumplir 12. El mismo año que se convertiría en madre y hermana de su propio hijo. Un hecho, del que la familia era consciente, pero que ninguno se atrevió a denunciar.

Aunque por ley todo ciudadano puede dar parte a las autoridades sobre este tipo de hechos. El Código Penal establece en la Ley 641 en el artículo 168 que cuando la víctima tiene menos de 14 años debe presumirse la falta de consentimiento y, por tanto, la violación siendo el Estado el principal obligado a investigar y enjuiciar al culpable.

Cuando su vientre se comenzó a hinchar, en Matagalpa, supusieron que era resultado de una relación de adolescentes, aunque con el segundo embarazo cayeron en cuenta que era producto de un incesto, pero nadie dijo nada. Todos callaron.

El IML en 2016 detalló que el 80% de los casos de las niñas menores de 14 años que habían sido violadas, los abusadores fueron padres, padrastros, otro familiar, o conocido.

Uno de los mitos sobre el abuso sexual a niñas y adolescentes.

Una violación nunca se supera

Si sobrellevar una violación te lleva muchos años, no puedo siquiera imaginarme convivir con el resultado de ese hecho traumático por el que además te culpan, y encima te condenan, hasta tu muerte, de ser la responsable de proceder con el embarazo producto de ello porque decidir no hacerlo, en Nicaragua desde 2006, para las mujeres no es una opción.

“Trato de darles lo que necesitan, pero no siento que los quiera”, me dijo con cierta vergüenza para luego pedirme que no la juzgara. Hablamos por casi cuatro horas en las que desvistió su alma. Me confesó que se iría a Costa Rica y los dejaría al cuido de su madre (abuela) mientras ella asumía el costo económico.

Después de esa vez nos contactamos, por ‘wasap’ como en cinco ocasiones. No estaba bien. Siempre decía que quería volver el tiempo atrás y haber podido abortar, pero estaba consciente que nadie le hubiera ayudado, pues el médico que atendió el primer embarazo le advirtió que de hacerlo iría al infierno. Y con el segundo, de pagar una condena en la cárcel.

“Ellas sienten que están muertas en vida. Es tan duro, por eso se considera que es parte de una secuela traumática porque las cosas que conlleva son tan negativas que ella se siente que ya no está viva, ya no es alguien”, dice la psicóloga Lorna Norori del Movimiento Contra el Abuso Sexual (MCAS).

Uno de los mitos sobre el abuso sexual a niñas y adolescentes.

La violencia se ha naturalizado

“Daniel Ortega Saavedra me violó en el año de 1982”, decía la denuncia que el 31 de mayo de 1998, Zoilamérica Narváez, hijastra del exguerrillero sandinista Daniel Ortega, hizo pública.

Han pasado más de 20 años de esa denuncia, de la que Ortega se liberó gracias al control político, y en la que contó con el apoyo incondicional de su esposa, hoy vicepresidenta, Rosario Murillo, quien se colocó del lado del violador y declaró loca a su hija.

Ese hecho ha naturalizado la violencia en Nicaragua aun más, pues no olvidemos la alianza de lo que se supone debe ser un Estado laico, según la Constitución Política, con la Iglesia condenando el aborto terapéutico, considerado ilegal desde el 2006.

Así que no es de extrañarnos que Murillo, en un canal oficialista, celebre el nacimiento de un bebé cuya madre es una niña de 12 años a quien se le impuso un embarazo mediante violación sexual, pero que ni la Policía, ni Fiscalía, ni Ministerio de la Familia (MiFamilia), ni Ministerio de Salud (Minsa),ni Ministerio de Educación (MINED) abogaran por el interés superior de la niña, tal como el manoseado Código de la Niñez lo establece.

“No hay una institución del Estado que se esté haciendo responsable de atender las secuelas tan graves de estas niñas, de los niños que tuvieron y de los entornos familiares”, dijo en un momento Martha María Blandón, directora de IPAS Centroamérica.

Y es que, entre la búsqueda del pan nuestro de cada día, las niñas quedan al sol y al viento, sus historias para el Estado se reducen a los “milagros” de un Dios que aparentemente las abandona a la hora de alimentarlos, vestirlos, darles estudio, casa y proveerles de un buen futuro, ese que ni siquiera ellas pudieron tener.

Uno de los mitos sobre el abuso sexual a niñas y adolescentes.

La pesada condena de ser niña

Para el Estado de Nicaragua y la misma sociedad, en especial la empresa privada, las niñas son simplemente incubadoras de nuevos votantes y obreros que sostendrán a una clase política corrupta y un sistema capitalista voraz.

La pesada condena de nacer niña trae consigo la pandemia del abuso sexual y la pobreza. El Estado y la violencia se apropian de sus cuerpos, les niega el derecho a decidir y las castiga cruelmente si se atreven a hacerlo; no solo con cárcel sino con un estigma social que difícilmente podrán romper.

Nunca podrán volver a ser niñas, jugar con muñecas o carritos, ir al colegio y soñar con una carrera profesional, tener amiguitas con iguales intereses, porque su niñez ha sido interrumpida para obligarlas a convertirse en madres, responsabilizarlas de un hecho del que son víctimas por partida doble, mientras el agresor se sirve de la disculpa en una sociedad machista que desecha los cuerpos y las vidas de las mujeres.

Colaboración de Maryórit Guevara

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