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Querida familia, firmen por mí

Las niñas en Nicaragua no solo enfrentan un futuro incierto debido a los femicidios, pero también debido a los embarazos forzados que el sistema les impone.

Estos 4 testimonios de niñas de la región que han quedado embarazadas producto de abuso sexual a menores de edad son un reflejo de lo mal que está nuestra sociedad en materia de derechos humanos.

Y eso es justamente lo que el Manifiesto por las Niñas quiere cambiar.

Fátima

Para Fátima, José fue siempre como un padre.

Desde que era muy pequeña el profesor universitario y funcionario público ayudaba a la familia con algunos gastos y le compraba cuadernos y útiles para el colegio.

El apoyo económico permanente de José a la madre de Fátima le ayudó a ganarse su confianza, hasta el punto de permitirle a su hija, entonces de 12 años, viajar a la capital con él. Fueron dos viajes. El segundo de ellos destruiría sus sueños y esperanzas.

En la noche del 27 de noviembre de 2009, José irrumpió en la habitación donde Fátima dormía y la violó. No valieron de nada los ruegos de la niña, ni su llanto, ni su resistencia.

Tres meses después, la madre de Fátima descubrió que su hija estaba embarazada. Al principio, la pequeña no quiso dar el nombre del responsable. Sentía miedo, sentía rabia. Tan solo después de hablar con una psicóloga que le brindó apoyo gratuito tuvo la valentía de señalar a José como su agresor.

La denuncia se interpuso casi de inmediato y, aunque trataron a Fátima como si fuese una mujer adulta y no le permitieron realizar las primeras entrevistas acompañada por su madre, el proceso parecía marchar por buen camino. Se ordenó la captura del agresor y allanamientos en los lugares que frecuentaba.

Pero José se esfumó.

Funcionarios del Estado tuvieron conocimiento de las severas afectaciones del embarazo en la salud de Fátima. Sin embargo, ella fue obligada a continuar con el embarazo resultado del abuso.

Lucía

En febrero del 2013, el sacerdote Ricardo asumió como párroco suplente de su localidad y, poco a poco, como el guía espiritual del grupo juvenil al que pertenecía Lucía, en una ciudad centroamericana.

Pero con el transcurso de los días, el presbítero pasó de las indicaciones sobre técnica vocal y disciplina al acoso. Lucía recién había cumplido 13 años. El sacerdote la hostigaba con preguntas explícitas sobre sexualidad a través de mensajes de texto a su celular.

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El acoso, lejos de cesar, se intensificó. Al final de una liturgia, el presbítero le pidió que la acompañará a su cuarto y allí abusó de ella. Entre confundida y humillada, Lucía silenció el dolor. Con el temor que inspiraba su autoridad, el sacerdote pudo repetir las violaciones reiteradamente por más de un año.

Para cubrir su rastro y buscar impunidad, el presbítero obligaba a Lucía a usar anticonceptivos de emergencia después de cada abuso. Ella no sabía de qué clase de medicamento se trataba y nadie le había hablado acerca de las consecuencias de las relaciones sexuales. Como la mayoría de niñas en su país, enfrentó la violencia y sus consecuencias sin información, asesoría o educación sexual integral.

Un día, a finales de septiembre de 2014, la madre de Lucía descubrió que algo no andaba bien con su hija. Los dolores abdominales eran constantes y sin una causa aparente.

Tuvo que llevarla dos veces al médico antes de que le fuera ordenado el examen que confirmó que Lucía estaba embarazada. La sorpresa y el dolor se entremezclaron. “Ahora estoy embarazada” recuerda que se dijo, aterrada, a sí misma, “no quiero tenerlo. No es mi plan ser una madre ahora”.

La violencia sexual tiene impactos devastadores en la vida de las niñas. Cuando esa violencia causa un embarazo los efectos se multiplican. En el caso de Lucía, al daño en su salud emocional se sumaban los riesgos como rotura del piso pélvico, preeclampsia y parto prematuro.

En su país, el de mayor natalidad en niñas menores de 14 años en la región, interrumpir un embarazo está totalmente prohibido. Las niñas víctimas de violencia sexual no tienen más opción que encarar una maternidad que les es impuesta.

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A pesar de que Lucía tuvo que abandonar el colegio, logró retomar sus estudios con el apoyo de sus padres, pero el 85% de las niñas embarazadas en ese país no asiste a la escuela y el 48,5% de las que se convierten en madres nunca retoma sus estudios.

Ahora Lucía ha superado el miedo y ha decidido alzar su voz para que ninguna niña más vea arrebatados sus sueños por la violencia sexual y la falta de acceso a servicios esenciales de salud.

Norma

En su casa, la violencia era cosa de todos los días, hasta que su madre huyó. Así que desde muy pequeña Norma compartió hogar con quien resultaría su violador: su propio padre, Raúl.

Hasta los 6 años vivió con él, pero la violación de María, su prima de 12, prendió las alarmas. De este entorno de abusos y violencia la rescató Diego, su hermano. La sacó de esa casa y la llevó a vivir con sus abuelos paternos. Durante dos años, Norma tuvo un respiro: fue al colegio, exploró, jugó y compartió con otros niños de su edad. Hasta que la abuela murió.

Las autoridades, indiferentes, permitieron que Norma volviera a vivir con Raúl, el maltratador de su madre; el violador de su prima, María.

Todo comenzó, precisamente, a la edad a la que fue violada María. A los 12 años las noches para Norma se convirtieron en pesadilla.

Los cambios en su cuerpo comenzaron en 2013. Norma no había recibido información sobre sexualidad y solo tuvo una vez la menstruación antes de quedar embarazada. ¿Cómo explicar ese dolor agudo en el vientre? “¿Serán bichos en la barriga?”, se preguntaba. ¿Cómo entender todos estos cambios en su cuerpo?

Raúl, el abusador, la mantenía encerrada: ya no iba al colegio y la obligaba a encargarse de las labores domésticas. Un día, después de mucho rogarle, la dejó salir para encontrarse con su hermana, Ana. Ella, fue quien descubrió que era víctima de violencia sexual por parte de Raúl y que estaba embarazada.

Sin alternativas que garantizaran sus derechos, se vio forzada a continuar el embarazo. El día en el que dio a luz, el personal de salud creyó que su miedo era terquedad y sus derechos una vez más fueron vulnerados: amenazaron con enviarla a otro hospital y uno de los doctores le recriminó: “¿Para hacerlo sí abrió las piernas, pero para tenerlo no?”.

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Aunque Diego, su hermano, interpuso la denuncia por la violación contra Raúl, el procedimiento fue sumamente lento. Tomó meses ordenar la captura y Raúl huyó sin dejar rastro. Tras cuatro años de impunidad, enfermó gravemente y murió sin responder por su crimen.

La vida de Norma se transformó. Se vio forzada a asumir una maternidad para la cual no estaba preparada. Y en ella, las preguntas persisten: “A veces me da pena de cómo me pasan las cosas y me pongo a pensar por qué mi papá me hizo esto” afirma.

Susana

Tuvo miedo. El miedo fue siempre la razón para no poder oponerse. El miedo y las armas que el abuelo llevaba encima para asegurarse de que nadie desafiara sus órdenes. Así lo recuerda Susana hoy: “A los 6 años me tocó la primera vez. Me quería besar en la boca pero yo no me dejaba. Me decía que si yo no me dejaba me volaba la cabeza y se la echaba a los perros”.

Cuando cumplió los 13, la abuela descubrió que Susana estaba embarazada. La niña no tenía cómo saberlo porque nunca había recibido información al respecto. Nunca había ido a la escuela. Su abuelo le decía que los monos no estudiaban.

Después de años de terror y silencio, la abuela asumió el riesgo de salir de la casa y pedir ayuda a las autoridades para proteger a su nieta. Estaba decidida a denunciar al violador con el que había convivido durante tantos años.

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Sin embargo, la policía no la escuchó ni la ayudó a rescatar a su nieta. Susana solo pudo salir de la casa de su abuelo para dar a luz. Cuando se alojaron en casa de unos familiares, hasta allí llegó el abuelo para ordenarles que regresaran después del parto. Desobedecer no era fácil.

En septiembre de 2014, la abuela interpuso las primeras acciones en contra de su marido. La policía no dio respuesta. El temor a las represalias de los hombres armados que acompañaban al abuelo era palpable. A pesar del riesgo que corrían Susana y su abuela, el miedo a «los armados» paralizó a las autoridades.

El 11 de octubre a las 7 de la mañana, Susana dio a luz, sin atención previa ni apoyo médico. Nadie le explicó cómo sería el proceso del parto. No tuvo asistencia para lidiar con el trauma, la tristeza y el miedo que sentía en su cuerpo de niña.

Dos días después del parto, Susana y su abuela se presentaron ante las autoridades que exigieron su presencia para interponer la denuncia. Tuvieron que presentarse en otros 5 municipios, antes de poder formalizarla. Dos días más tarde, Susana fue valorada por el personal de Medicina Legal y psicología forense. Le ordenaron un tratamiento para superar los múltiples traumas del abuso y la maternidad forzada. Nunca se realizó.

La investigación tampoco avanzó. El abuelo no fue arrestado, ni juzgado ni condenado. Por el contrario, se deja ver aún por el pueblo como si nada hubiera sucedido.

En nuestras manos está proteger la vida, el futuro y los sueños de niñas como Susana que en toda Latinoamérica enfrentan la traumática experiencia de la violación y de un embarazo forzado. Hoy, el Estado tiene la oportunidad de proteger a las niñas y garantizar que puedan vivir una niñez plena y decidir sobre su futuro. Únete. Son #NiñasNoMadres


Historias recopiladas por la campaña regional #NiñasNoMadres. Cada día 5 niñas son obligadas a parir, producto del abuso sexual ¡Es urgente protegerlas! Aquí podés leer y FIRMAR EL MANIFIESTO POR LAS NIÑAS que buscar recaudar firmas para hacer un llamado urgente a las personas tomadoras de decisiones para que en su rol garanticen las medidas de protección especial, acceso a la justicia y restablecimiento de los mecanismos legales que permitan la denuncia, detención y procesamiento de los agresores, así como también el acceso a la interrupción de un embarazo impuesto.

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