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¿Qué nos enseñó la rebelión de abril?

Ha pasado más de un año desde que inició un estallido que sacudió la conciencia de un país entero.

Hoy puedo afirmar sin duda, que ni las mentes más visionarias imaginaron la forma en que sucedería todo, ni los alcances que esta rebelión tendría.

Si bien hemos ido actuando y aprendiendo sobre la marcha, es importante ver atrás para evidenciar cuáles fueron los aprendizajes de estos meses tan difíciles, y qué de todo eso deberíamos conservar y alimentar.

Desmontar el relato histórico

Daniel Ortega llegó al poder cuando yo tenía 12 años y estaba en primer año de secundaria, en ese entonces tenía ideas muy vagas de quién era él, lo que significaba y cuál era la historia de mi país.

No fue sino hasta los últimos años de mi universidad (ya Daniel iba por su segundo periodo) que comencé a interesarme por estudiar historia y pude ver como esas zonas oscuras del pasado iban aclarándose y las cosas iban tomando un poco de sentido para comprender el presente.

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Mientras muchos estaban inmersos en el relato de sus padres, yo intenté buscar más allá y eso se debió en parte a que mis padres jamás hablaban sobre temas políticos, luego comprendí que no hablarlo era también una decisión política de su parte, habían decidido mantenerse al margen de una historia que aún les resultaba dolorosa.

Conocer la historia no es tarea sencilla en un país con una educación tan precaria y con acceso tan limitado a fuentes de información, pero hemos comprendido que es vital conocerla porque lo que los poderosos siempre pretenden es reescribirla. Saber sobre nuestro pasado es también una forma de rebeldía.

Crédito: Oscar Acuña

La figura del caudillo

Uno de los aprendizajes más importantes fue tomar conciencia sobre la figura del caudillo y todo lo que tiene que suceder para que esa figura se imponga.

Basta ojear en el pasado de Daniel Ortega para ver cómo su figura de líder único del Frente Sandinista es el resultado de una serie de omisiones, pactos, acuerdos y tretas que fue gestando para convertirse en quien es ahora.

Simplemente hay que recordar la denuncia hecha de abuso sexual por su hijastra Zoylamerica Narváez y cómo muchos de sus seguidores cerraron filas alrededor del líder supremo. La misma Zoylamerica en su testimonio relata como Ortega le decía que “yo soy la revolución”.

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Para las generaciones que no vivimos la revolución, la política siempre estuvo ligada a la figura de un caudillo, de una persona (hombre muy probablemente) que se erigía como la máxima autoridad incuestionable, sabio y todopoderoso.

Cuestionar la figura del caudillo fue también cuestionar la idea que muchos de nuestros padres tenían sobre la importancia de depositar su fe a ciegas en un caudillo, volverlo un salvador.

La crisis que vive nuestro país no es más que el resultado de esa gran figura que generaciones pasadas fueron erigiendo, figura que muchos de nuestra generación también veneraron en algún momento, hasta que la realidad nos golpeó en la cara.

La utopía sin utopías

Una de las lecciones más dolorosas ha sido ver hacía atrás y darnos cuenta que la utopía con la que soñaron las generaciones pasadas ya no existen en nuestro caso.

El mundo distinto a través del proyecto revolucionario y socialista ya no es nuestro sueño, en parte porque vimos los resultados del fracaso de ese proyecto.

Sin embargo, no solo nos sucede a nosotros, desde hace algunas décadas se habla del fin de las utopías, es decir, del fin de aquellos grandes proyectos políticos que tenían por fin último llevar a la humanidad al absoluto bienestar.

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La insurrección de abril fue una rebelión sin líderes y sin una ideología más clara que la idea de libertad y justicia.

En la práctica nos dimos cuenta de la importancia de las organizaciones reales que no respondan a instituciones oficiales, es decir, la importancia de organizaciones estudiantiles, sindicatos, grupos campesinos, organizaciones barriales y comunitarias que de verdad se interesen por su sector o comunidad y que de verdad establezcan prácticas democráticas en las tomas de decisiones.

Las tomas de universidades y barricadas sobrevivieron gracias a la organización autónoma de cada una de las personas involucradas, y el reclamo de justicia ha sobrevivido gracias a las madres, familiares, estudiantes y personas que se han organizado y luchan día con día.

Porque la única forma de resistir a las decisiones de los poderosos ha sido organizarse, dinamitar su estructura desde abajo para poder sacudir a los que están arriba, eso fue lo que sucedió en abril.

Quizás la lección más importante de todas ha sido comprender que la política no es un hecho aislado de la vida cotidiana, está muy presente en nuestro día a día y no se construye de forma individual, sino colectiva, porque el sueño de otro mundo posible no termina con Daniel yéndose del poder.

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