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Memorias del terror: cuando el miedo queda inscrito en el cuerpo

“¿Qué sentís al escucharte ahora?” —pregunta Gloria a su padre, Carlos Carrión, ex coordinador nacional de la Juventud Sandinista en los 80, luego de presentarle la grabación de un discurso que él diera a un grupo de jóvenes enlistados en el Servicio Militar Patriótico, a punto de partir hacia combate en la montaña.

Con dificultad, entre lágrimas y voz quebrantada, él responde: “Siento, la intensidad del momento. Siento, el temor de esos muchachos… percibo la angustia, la incertidumbre”.

Así cierra una de las escenas culminantes de la película documental “Heredera del Viento”, dirigida por la cineasta nicaragüense Gloria Carrión Fonseca. Padre e hija en un diálogo generacional afectivo que manifiesta el efecto traumático de una guerra cuya carga emocional es aún abrumadora y hoy, se desborda a causa de la violencia política actual. ¿Dónde quedaron esos miedos y esas angustias? ¿De qué forma siguen habitando el cuerpo?

Las memorias del terror de la guerra, se presentan como un portal que se abre una y otra vez a experiencias de intenso dolor y sufrimiento, especialmente cuando éstas no han sido abordadas. Sin embargo, no sólo regresan como imágenes mentales, pensamientos repetitivos o historias narradas, sino también como sensaciones físicas y posturas ante la vida de las que no siempre estamos consientes.

En este sentido, mientras la mente registra los recuerdos dolorosos y los procesa, el cuerpo los “atrapa”, generando su propia memoria sensorial. En un contexto de represión política, la experiencia traumática del miedo provoca un daño devastador que puede ilustrarse como el impacto violento y repentino de un enorme meteorito que atraviesa todas las capas de nuestro mundo personal y social, destruyendo a su paso las estructuras vitales más necesarias para enfrentarlo.

En su más reciente investigación sobre las secuelas de la guerra en docentes universitarios de Matagalpa (2017), la psicóloga Dra. Julieta Kühl afirma que “en un contexto de guerra, el miedo se vuelve en contra de la vida misma cuando, una vez pasado el peligro, se instala, permanece, inhibe la posibilidad de desarrollar relaciones y cotidianidad desde la libertad de ser”.

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Entre sus hallazgos, Kühl hace énfasis en las múltiples y variadas manifestaciones del miedo que, a pesar del tiempo, aún están presentes entre los y las nicaragüenses, incluso en las generaciones más jóvenes: el miedo a morir de forma violenta o de perder violentamente a seres queridos, pero también el miedo latente a que la guerra regrese.

Hablamos de miedos que además de haberse experimentado colectivamente, fueron manejados individualmente en condiciones muy precarias de desigualdad social, en medio de pérdidas significativas y con limitados recursos tanto materiales como humanos.

“Cada quien le hizo a como pudo” para seguir adelante, expresa un ex-combatiente. En la mayoría de los casos, dominó entonces el silencio y para otros, sólo muchos años después, los miedos pudieron ser nombrados y reconocidos:

“Tenía 16 años cuando me enlisté (en el SMP). Mis temores fueron en diferentes momentos…me daba terror no estar preparado para el combate o morir en una emboscada. Mientras me entrenaba sentía mucha confianza, pero al unirme a uno de los batallones, me separaron de mis compañeros más cercanos y eso me dio mucha inseguridad. El miedo fue muy intenso durante meses, pero con el tiempo evolucionó. No lo compartí con nadie más que con mi familia, su acompañamiento me ayudó a asimilarlo mejor. Con el tiempo vas comprendiendo de forma crítica que ese miedo era tan humano y que pude habérmelo permitido, pero en ese momento no pude. Tardé por lo menos 10 años en reconocerlo y pude liberarlo cuando me permití cuestionar esa nebulosa de la revolución”.

Una de las primeras respuestas humanas al miedo, suele ser el estado de congelamiento, mejor conocido con el término shock, el cual reduce la capacidad de reacción defensiva y genera autocensura, aislamiento, pasividad y resignación.

Muchas veces el congelamiento es, si no el único, el método más efectivo para sobrevivir a la violencia mientras ésta sigue siendo una amenaza, sin embargo, en contextos sociales donde esta misma violencia es concebida como una herramienta de poder para someter a otros, se convierte en un estado social crónico, favorable para el mantenimiento de otros poderes y de la impunidad.

Como resultado, una sociedad “congelada” y atemorizada pierde su autonomía y su capacidad de defenderse, y es conveniente, hasta rentable para quienes ejercen algún tipo de violencia sobre ella, porque en esas condiciones simplemente es más fácil dominarla.

Según el psicólogo y sacerdote jesuita Ignacio Martín-Baró —cuyo trabajo sigue siendo una de las referencias más importantes para la psicología social en Latinoamérica— el miedo colectivo tiene más probabilidades de prolongarse y transferirse a otras dimensiones de la vida, en un sistema social que acepta y utiliza la violencia para ejercer control, derivando por ejemplo, en problemáticas de aparente carácter privado, como la violencia hacia las mujeres, el abuso sexual y el consumo de alcohol en los hombres, en muchos casos coexistentes.

Si aquellos miedos y angustias se quedaron atrapados en el cuerpo habitado, no hay formas de seguir escapando a sus memorias. Nuestro desafío sigue y seguirá siendo – en palabras mágicas de la cineasta Mercedes Moncada – el de “romper con el encantamiento” reconociendo su existencia, el peso que todavía tienen en nuestra historia personal y colectiva, la herencia que continúan dejando en cada ciclo de vida. “Hasta los encantamientos más poderosos encuentran su fuerza en el pacto hecho en lo oscuro, en el secreto, en lo innombrado. Se empiezan a desvanecer quedando inútiles cuando se habla de ellos, cuando se convierten en palabras pronunciadas y escuchadas.”

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