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Los ojos de Chico González

Chico gana un partido de cartas con usar sus ojos táctiles, reconoce el ruido de un carro o la voz de la vecina con sus ojos auditivos. Cada poro de su cuerpo está capacitado para ver, menos el par de faros que la Naturaleza le dio y cuyos focos la guerra apagó para siempre.   

En Rivas vive Francisco José González, mejor conocido como “Chico”, un hombre moreno, de cabello rizado y oscuro, casi tan oscuros como sus lentes, que los usa no para cuidarse del sol, sino para evitar que las personas hagan preguntas.

Sin embargo, su vida es un abuso a las leyes de la lógica, al caminar al lado de él muchas veces es fácil olvidarse por completo de que es alguien no vidente. Reconoce a la persona que se le acerca, sabe por los olores, el tacto y los sonidos, quién es cada quien. Desarrolló una alerta permanente a lo que le rodea, sobre todo a detalles que las personas con sus cinco sentidos podrían pasar por alto, como el sonido de una botella destapándose, el ruido de los distintos tipos de carros o el peso de una persona con sólo tocar la mano.

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En su casa siempre se escucha música movida y suele estar acostado en su hamaca gritando las letras de sus canciones favoritas, la alegría no le abandona y su carisma natural jamás pasa por alto. El primer vistazo que alguien recién llegado a Rivas puede darle es el de una persona completamente adaptada a su entorno, aun con los obstáculos que se le presenten.

Un día con él es pasar constantemente sorprendido. Causa un ligero desconcierto desde que ves cómo se levanta y se pasea con calma y seguridad por su casa. Él vive con su mamá, quien ha sido su punto de apoyo. Al rato de empezar a hacer el desayuno ella le pregunta la hora y él con un reloj especial le dice que son las 9 de la mañana. Al salir a la calle y saludar a todo el que se le acerca con un tono cómodo y despreocupado causa un efecto sobrecogedor.

Muchas veces no tiene ni que moverse de su silla, pues en la entrada de su casa se pone a jugar con sus vecinos desmoche con unas cartas que en el extremo derecho tienen su significado en braille, el lenguaje de los no videntes, mientras que manda a un niño a la venta y saca un billete de a veinte de su billetera. “Mi mamá me acomoda el dinero, ella los ordena de mayor a menor”.

Cualquiera que lo ve se asombra y más aún cuando a la venta llega una niña a comprar gaseosa y no logra quitarle la tapa. “¡Esa chavala nunca destapó la botella!”, exclama de repente Chico riéndose. Y ¿cómo sabe que es una niña? “Pues porque siempre viene a la venta, nunca aprendió a abrir las gaseosas y ya le he escuchado la voz”.

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No hay un momento en que él no esté en una especie de juego con su interlocutor, como si disfrutara de asustar y desconcertar al que lo visita. Siempre quiere hacer las cosas solo y sobrepasar cualquier obstáculo, no le gusta depender de nadie y le entretiene demostrarlo.

Un estudiante y un conductor excelente

Tanto es su empeño en probar su perseverancia que con ayuda de una grabadora y de sus compañeros de clase se puso a estudiar fisioterapia y actualmente trabaja en eso, además de formar parte de la Organización de Ciegos de Nicaragua.

Para Chico ser un no vidente es simplemente un concepto aislado, sale a bailar con sus amigos y no tiene ningún problema en conseguirse una novia. Y como se conoce todos los huecos y ubicaciones de las cuadras cercanas de su casa sirve como buen guía turístico para alguien que anda en carro. Por la velocidad que sensorialmente capta y los giros que hace el auto, él sabe dónde está ubicado. Levanta su mano derecha y empieza a nombrar el lugar y su historia como todo un conocedor de Rivas.

Cuando no está en una nueva aventura su principal pasatiempo es leer, se devora libros enteros en braille, pues lo domina con rapidez. Es por eso que en la Organización le enseña a otros débiles visuales o no videntes a leer.

La guerra y sus huellas

No habla mucho de los tiempos de Somoza, ni de la guerra dónde una bala le perforó la cavidad ocular. La causa de su pérdida de visión le hace cambiar el tono de la voz y adopta de inmediato un tono serio y menos jovial. El recuerdo más fuerte que tiene de su primer momento de ceguera, es el haber estado más de dos días internado en lo profundo del campo, hasta que lo encontraron y así fue llevado al Hospital Militar para que le dijeran que no volvería a ver jamás.

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Sin embargo, por ser optimista de corazón, de inmediato cambia de tema y empieza a hablar sobre la oportunidad que tuvo de ir a Checoslovaquia, tiempo después de la mala noticia. Consiguió el viaje para que en ese país le pudieran reconstruir la cara con partes de su costilla y muslo. Además consiguió que le dieran una prótesis que nunca usa porque  no le gusta, le hace creer que se ve “más feo” con ese objeto puesto.

Y aunque las calles de Rivas son amigas de Chico, cuando viene a Managua su desenvolvimiento no se amilana, eso sí, ya le han pasado algunos accidentes leves: “Una vez casi me caigo en un manjol sin tapa”, recuerda y luego enfatiza en la importancia de que en la ciudad se creen espacios amigables con los no videntes.

Cae la noche y en su casa cuando se va la luz eléctrica el único que no se ve afectado es el que más se enoja, porque sin abanico, el calor no lo dejará dormir y tener sueños coloreados.

Esa es la razón de su seguridad y confianza, entre personas que tienen ojos desesperanzados, él puede ver el optimismo desde su experiencia personal. Su presencia ilumina, aunque la oscuridad le haya tocado la frente.


Podés leer más crónicas de Malva Izquierdo acá.

Fotografía: Mayerling García

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