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Lo que nos dejó el Festival Más

“Quizás así deberían ser todas las fronteras. Sin muros ni pasaportes”, nos recuerda Gael García Bernal en el documental ¿Quién es Dayani Cristal?, proyección con la que finalizó el Festival de Cine Más luego de un recorrido por diversos colegios, universidades, centros comunitarios y departamentos del país, con documentales que reflexionaban sobre la migración, la educación, la política, los roles y la violencia de género y hasta la neutralidad de la red.

El documental dirigido por Marc Silver y protagonizado por el actor mexicano Gael sigue la pista desde Centroamérica de un hombre y su búsqueda por el sueño americano, luego que la policía fronteriza de Estados Unidos encontrara su cuerpo calcinado y semi descompuesto en medio del desierto de Sonora, con el nombre de Dayani Cristal tatuado en el pecho como única identificación.

Finalizar con un documental tan fuerte y cercano a nuestro país como el de la migración, realidad que se vive en toda la región centroamericana, constituye una advertencia en el marco del festival, organizado por Movimiento PUENTE y la organización checa People In Need, en alianza con la Unión Europea.

“Tratamos que todos los documentales pudieran ligarse con realidades sociales que se viven acá, para que en un espacio informativo y de discusión posterior a las proyecciones la gente pudiera tener un debate más amplio y entender por qué hay que hablar sobre derechos humanos”, explicó Camilo Navas, de Movimiento Puente y parte del equipo organizador del Festival.

El Festival de Cine Más nos recuerda que, más allá de una sociedad de consumo que se debate entre la última moda el espectáculo global y el más nuevo invento en las redes sociales, hay un vasto universo de situaciones estremecedoras alrededor del mundo a las que debemos prestar más atención.

Situaciones como las de Charlotte en No seré callada, una joven australiana que trabaja en los barrios pobres de Nairobi, atacada y violada en su propia casa. Una situación que probable y terriblemente le ha ocurrido a muchas mujeres aquí en Nicaragua, historias algunas de ellas que terminaron con la muerte o la impotencia de sus defensoras ante una administración de la justicia imparcial.

Esa misma impotencia que siente Charlotte ante el calvario legal por el que tiene que pasar para que se haga justicia con su caso, en un país donde la violación es una endemia pero rara vez se discute en público, la experimentan las habitantes de un pueblo en Kirguistán, en el documental Flores de libertad, luego de siete años de lucha contra una empresa minera canadiense que derramó cianuro en un río local, matando a decenas de personas y provocando cientos de envenenamiento, y en un ambiente donde no solo son ignoradas por el gobierno, sino que también deben luchar contra sus historias personales que las descolocan de poder realizar cambios sociales.

La historia de Aaron Swartz se retrata también en el documental El hijo de Internet, que narra la vida y obras de este joven genio informático, programador, escritor y activista de Internet, quien desafió al sistema democrático y cuestionó el sistema legal de su país, utilizando la misma tecnología a su disposición que tanto grandes corporaciones privadas como el gobierno intentan -todavía- privatizar y controlar, respectivamente: la Internet.

Navas agregó que las películas se dividen en dos tipos: unas orientadas a temas duros como la violencia sexual, el medio ambiente, la migración, y otros que hablaran de temas para adolescentes como derechos de la niñez, estudiantiles y sobre género, desde el punto de esa población.

Tal es el caso de la película holandesa Un voto por una cabra, que sigue a tres estudiantes candidatos a la presidencia de su escuela, cada uno de ellos con métodos diferentes para ganar el respeto y el reconocimiento de sus compañeros. Así, mientras Magdalena quiere probar que las mujeres también pueden ser líderes, Said y Harry prometen ser mejores sin explicar por qué y regalar, al mejor estilo populista, caramelos y carne de cabra por votos entre sus compañeros.

Mientras, en otra parte del mundo, Giovanni, de diez años, lucha contra el estigma social por querer participar en el campeonato de natación sincronizada, un deporte considerado para niñas, como muchos de los roles que asumimos ya son dados a las mujeres y hombres, y que provoca burlas entre sus compañeros de clase. Luchas como las de Giovanni también son vividas en Brasil, según nos cuenta el documental Gabriel reporta desde la Copa Mundial.

Siguiendo el sentimiento que evoca la lucha de Aaron, Gabriel cuenta desde las redes sociales y un blog cómo la idea de hacer el mundial de fútbol en su país es una mala idea, no solo porque para construir una nueva línea de ferrocarril demolerán su casa, sino también porque debajo de toda esa amalgama de entretenimiento producto de la industria del deporte persiste también un sistema corrupto y podrido que arrasa con vidas humanas.

Un sistema semejante lo encontramos aquí en Nicaragua, reflejado en otras realidades como la educación, derecho al que muchos todavía no pueden acceder, ya sea por falta de recursos, peor aún, porque no existen escuelas cerca de donde viven. En ese sentido, los maestros de la Escuela “Los Urroces”, en la comarca de Lechecuagos, León, sus estudiantes y las familias que luchan diariamente contra un modelo económico que les priva de un derecho tan básico, nos demuestran que – y aquí parafraseo a Tomás Bulat- estudiar es uno de los mayores actos de rebeldía contra el sistema.

Captura del documental nicaragüense "Días de clase", de Florence Jaugey

Con todo esto es importante considerar, por ejemplo, que “no somos migrantes, sino actores de una nueva integración”, como dice una socióloga nica radicada en Costa Rica. Que debemos pensar mejor lo que hacemos para evitar que conductas corruptas sigan reproduciéndose o que la educación algunas veces puede ser considerada un lujo, porque hasta en esas condiciones hay gente dispuesta a conseguirla.

Dayani Cristal, Charlotte, los maestros de la Escuela “Los Urroces”, Aaron Swartz, Magdalena y las mujeres de Kirguistán son algunas de las miles de personas que luchan diariamente por sus derechos y por tener una vida en la que puedan gozar plenamente de sus derechos como seres humanos.

Todos esos rostros que formaron parte del Festival de Cine Más nos enseñan que no somos los mismos ni vivimos tiempos mejores, sino que formamos parte de un mismo equipo, el otro equipo, ese que no está en el poder ni tampoco gobierna -porque no son la misma cosa- y que mientras no cuestionemos aquello que nos indigna y que consideramos injusto siempre habrán más corruptos, más pobres, más presos y desaparecidas. Más muertes.

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