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La magia de decir ¡NO!

Decir “sí” todo el tiempo puede traernos mucho estrés y ansiedad innecesaria, pero tenemos tanto miedo de quedar mal que entonces sobreponemos el bienestar y los intereses de otras personas por encima de los nuestros.

Comenzamos a desgastarnos, a sentir que todo el tiempo hacemos algo, pero al final del día, ¿qué de todo eso es por nuestro bienestar?

Después de haber pasado por varios procesos de formación, de haber conocido personas del mundo de la salud mental y de haber leído a grandes de la psicología como Viktor Frankl o Walter Riso me siento en la responsabilidad de compartir lo que he aprendido.

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Una de las principales cosas ha sido que en realidad para evolucionar primero tenemos que desaprender esos malos hábitos que nos atan a todo menos a una conexión con nuestro yo interior.

Hoy les hablaré de lo mágico que puede ser decir no.

¿Egoísmo?

De esas pocas veces que decimos “no” podemos sentirlo como algo extraño y muchas personas pueden catalogarlo como egoísta, pero “a veces, decir ¡No! es una de la mejores oportunidades que podés darte a vos misma/o” en palabras de una psicóloga que conocí en un momento crucial de mi vida.

En ese entonces sentía que estaba muy agotada porque me saturaba de cosas, y muchas de ellas se trataban de proyectos personales que no quería soltar, pero me daba cuenta que seguirlo forzando no me estaba llevando a ninguna parte y que emocionalmente era insostenible.

Créditos: Brooke Cagle

Si decir “no” va a proveernos estabilidad, darnos el tiempo para ver las cosas desde una nueva perspectiva y recargarnos de esa energía que necesitamos, entonces no es egoísta, porque sobre todas las cosas está tu autocuido cuando vos sos tu principal recurso de cambio.

¿Fracaso?

Decir “no” a un trabajo, a una beca, a un proyecto no es fracaso cuando no es a su tiempo, y es que tenemos una idea tan fatalista de tomar una pausa o retirarnos, que entonces nos llenamos de cosas hasta el punto de no tener más para avanzar.

Casi en todos los casos la negación la procesamos como una pérdida, y eso me lleva a analizar que como colectivo dentro de nuestro propio contexto confiamos tan poco en nuestras habilidades que son pocas las personas que se arriesgan a sabiendas que las probabilidades de perder o ganar son 50 – 50.

Hay personas que emprenden y a la primera de haberles ido mal jamás vuelven a intentarlo, o peor aún, jamás lo intentan, en Crear o Morir de Andrés Oppenheimer él explicaba que uno de los grandes problemas de Latinoamérica en temas de innovación, es que tenemos una cultura intolerante al “fracaso” individual, considerando fracaso, cualquier cosa que no haya salido bien según lo planeado.

Vivimos en una sociedad que no admite errores y eso nos presiona a darlo todo, así sea a expensas de nuestra propia estabilidad física, mental y emocional. Toda persona que sale al mundo y emprende, si falla en algún aspecto, pierde cualquier mérito que había ganado en un principio por haber tomado el riesgo.

Tenemos derecho a detenernos, cuando continuar podría significar la pérdida de toda motivación para realizarnos.

Esto me presionó durante meses, años, y me llevó al punto en que decir no, para mí significaba eso, fracaso, rendirme, darme por vencida y no ser merecedora de tomar pausas para recobrar energías, hizo que me llevara al límite aún cuando continuar era más costoso en todos los sentidos, que detenerse.

Me hizo perder el enfoque, sentir que necesitaba continuar porque “debía” de hacerlo y no porque realmente quería, como en un principio.

Créditos: Xavi Cabrera

Es un derecho

Tenés el derecho a decir que no, a una relación de amistad o de pareja, incluso familiar, a proyectos, a esa carrera que tomaste porque tu familia sueña verte trabajando en un hospital o en un ministerio, pero no artista o atleta, a ese trabajo tóxico que no te permite crecer, a esa casa que te trae malos recuerdos.

Estás en el deber de decir no, cuando decir sí te lastima tanto que ya no sabés cómo dar marcha atrás y todo se vuelve un círculo vicioso de decir sí, sin tener energías, para luego hacer todo por ese compromiso absurdo con algo a lo que ya no le hallamos sentido.

Y luego viene la culpa por creer que no lo hicimos bien, que pudimos hacerlo mejor y que por ende no podemos decir “no” como una forma de castigo.

Es autocuido

Decir no es una de las formas más genuinas de cuidarnos, es darnos la oportunidad de ver las cosas en perspectiva, de analizar todo lo que hemos hecho de forma objetiva y autocriticarnos de forma saludable y no vernos como el o la fracasada que dijo que no porque “no era capaz de seguir”.

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Habrá momentos en que tendremos que decir “no” para siempre, Walter Riso lo llama la sana resignación “aprender a desprenderse de los resultados, pero no por inseguridad, sino por el firme propósito de no continuar en un conflicto sin sentido. Esta no es mi guerra”.

“La renuncia implica salirse del combate, pero no por la cobardía del desertor que traiciona, sino porque no vale la pena”.

A veces, decir no, puede llevarnos a ese momento mágico de reinventarnos, de cuestionarnos si donde estamos actualmente es en realidad el lugar donde nos vemos, de preguntarnos hacia dónde queremos ir y de definir una forma más sostenible en todos los sentidos para lograr llegar hasta ahí.

En el proceso la gente te va a cuestionar pero al final del día solo vos conocés tus límites y solo vos tenés el poder de decidir hasta dónde llegás.

Aprender a decir no empieza por aceptar que no tenés superpoderes, que no podés salvar el mundo sola/o y que sin otras personas no vas a cambiar todas las cosas; debés definir tus límites y luego comenzar a comunicarlos sin sentir que le estás fallando a alguien más.

Que los sí de tu vida se digan con todas tus fuerzas y que vengan desde tus entrañas.

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