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La herida colectiva y el difícil camino de la sanación

Hace años, cuando era una estudiante del primer o segundo año de la licenciatura en psicología recibimos una materia llamada “Psicología social” que tenía por objetivo comprender cómo el entorno y las relaciones sociales influyen en los sujetos y sus comportamientos. Uno de los principales teóricos de dicha disciplina fue el jesuita salvadoreño Ignacio Martín Baró, quien desde los años 80 estudiaba los efectos del conflicto armado salvadoreño.

Desde sus reflexiones acuñó el término Trauma psicosocial para referirse a las consecuencias de un dolor colectivo, una herida que destruye redes, relaciones sociales, vínculos interpersonales y comunitarios. Para cuando leí a Martín Baró él llevaba más de 25 años muerto, lo habían asesinado junto a otros jesuitas en la propia universidad donde investigaba e impartía clases; un hombre que había dedicado tantos años de su vida a investigar los efectos de la violencia había sido alcanzado por ella. Los autores intelectuales de su muerte nunca fueron juzgados.

Leí con admiración a Martín Baró durante los años de la universidad, lo utilicé para escribir mi propia tesis y sentí que su trabajo me ayudaba a comprender las generaciones anteriores a la mía, que aún vivían las secuelas de un conflicto armado de 10 años, lo que nunca creí es que leería de nuevo a Martín Baró ya no para comprender el dolor de otros/as, sino, para comprender mi propia angustia, angustia que en realidad no era solo mía porque era, de nuevo, una herida colectiva.

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Cuando salí de Nicaragua pensé que de alguna manera estaba alejándome de una pesadilla, lo que no imaginé es que la pesadilla habitaba en mí, sin importar donde estuviera, la llevaba siempre conmigo. Estaba lejos de los disparos, del dolor, del miedo a salir a la calle, de la posibilidad de tener que circular en redes sociales el rostro de algún amigo al que habían apresado, el miedo a ser ese amigo y que sea mi rostro el que aparezca en ese cartel; ya estaba lejos de todo eso pero no dejaba de sentir dolor, al contrario, el dolor se agudizaba más.

No dejaba de tener pesadillas, de sentir culpa por haberme marchado, no me atrevía a deshacer mi maleta y me repetía una y otra vez que pronto, muy pronto, regresaría, porque si aún se habían quedado tantos, ¿qué justificación tenía yo para estar lejos? “Lo tuyo es cobardía”, me decía a mí misma, como si el solo hecho de regresar fuera un gran acto de heroísmo.

Pensaba todo el tiempo qué más podía haber hecho por los otros, qué más podía haber dado de mí y que, quizás, el simple hecho de estar libre era una muestra de que en realidad había hecho muy poco.

El proceso de recuperación fue largo y doloroso, principalmente porque los primeros meses no comprendía por qué me sentía tan mal. No me reconocía a mí misma ni a mis emociones y no dejaba de sentir una culpa que me atormentaba, sentía culpa por estar viva y también sentía culpa por culparme de estar libre.

En medio de la incertidumbre recordé aquellos textos que hablaban sobre el dolor colectivo y encontré algunos estudios sobre el estrés postraumático en víctimas de terrorismo. Fue duro leer la palabra “terrorismo” y ver mis síntomas y lo de tantos amigos y compañeros, pero era verdad, lo que vivíamos se llamaba terrorismo de Estado aunque a veces nos pareciera demasiado doloroso admitirlo.

Nos habían quitado la paz y nuestras vidas se habían llenado de miedo. Para quienes habíamos tenido que salir nos habían quitado el hogar, la familia, los amigos, el futuro; otros habían perdido todavía mucho más, pero nadie, o casi nadie, había salido ileso de la catástrofe.

Etimológicamente la palabra trauma significa: herida. En psicología, se habla de trauma para referirse a una vivencia que afecta de tal manera a una persona que la deja marcada, es decir, deja una huella para siempre. En el caso del trauma psicosocial se habla de un proceso histórico que ha afectado a una población porque las heridas han sido provocadas socialmente y no se limitan nada más a unos cuantos individuos.

Cuando el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) presentó su informe final en diciembre del año pasado, Sofía Macher, una de las expertas, hablaba sobre el tema de las reparaciones a las víctimas y dijo algo como: “las víctimas no pueden resolver esto en la soledad de sus habitaciones, yendo a terapia de forma individual, esto es algo colectivo”. Escuchar eso fue como comprender por qué a pesar de varios meses de terapia el dolor aún no se iba.

Hablo con mis amigos, los que están dentro y los que se fueron y sé que están mejor que los primeros meses, estamos mejor. De una u otra manera hemos sido salvados por la gente que nos quiere, por los nuevos vínculos y por los lazos que aún quedan a pesar de la distancia. Pero muchos sabemos que hay una herida que es más difícil sanar, que tardará años y que llevaremos siempre con nosotros. Quizás la sanación podrá iniciar cuando —como dice ese poema de Francisco Ruiz Udiel— hayamos sembrado girasoles a lo largo del camino, sin miedo a la cárcel ni a la balas, deshaciéndonos en abrazos entre desconocidos y llorando en paz.

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Un comentario

  1. El gobierno dictatorial nos ha dañado no solo asesinando a nuestros hermanos, nos ha dañado psicologicamente a toda una sociedad al someternos a niveles altos de incertidumbre. El abuso ha sido desmedido.