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Juvenicidio: cuando los jóvenes pagan las consecuencias

Juvenicidio.

La Organización Mundial de la Salud sugiere que la juventud es una etapa social, cuyo rango de edades comprende, por lo general, entre los 18 y los 30 años. Sin embargo, la juventud trasciende la biología —no así, la adolescencia y aunque están relacionadas no deben confundirse.

Se trata de una construcción social similar al género. Por eso a veces se nos salen frases como: “un día somos jóvenes y el otro somos un viejo que está desayunando batidos antioxidantes para el dolor en las  articulaciones“.

Aclaro esto para luego contextualizar cómo durante las últimas décadas, en diferentes sectores de Latinoamérica, ha ido apareciendo un fenómeno cuya consecuencia clara es una forma de persecución y limpieza social específica en contra los y las jóvenes.

Sus diferentes manifestaciones van en contra de diferentes protagonistas y sus respectivos contextos. Por ejemplo: los afrodescendientes pobres, que viven en favelas de Brasil; los integrantes de barrios y pandillas, como ocurre en la Mara Salvatrucha y el Barrio 18 en Estados Unidos, Guatemala, El Salvador y Honduras; las víctimas del feminicidio y de la guerra contra el crimen organizado y las drogas en zonas de México.

Esta situación es el juvenicidio. Según el académico mexicano José María Valenzuela (2012) este término “alude a la condición límite en la cual se asesina a sectores o grupos específicos de la población joven” (p.15). Sin embargo, no es solo físico sino también simbólico y social. En algunos contextos, explica Feixa, Cabasés y Pardell, se desarrolla un especie de acoso moral que favorece de alguna manera la desaparición simbólica de la juventud como actor social, así como también su invisibilización como protagonista en la escena pública (ver capítulo 2 en Valle Moreno, 2017).

Este acoso puede traducirse en mecanismos de creación de opinión pública, la estereotipación, la otredad, la instrumentalización, humillación, culpabilidad, criminalización, falsos positivos, etc. Este tipo de conductas conducen o justifican acciones violentas que son propias del sistema adultocéntrico.

Una sociedad donde las relaciones de poder mantengan “la situación de privilegio que el mundo adulto vive respecto de los demás grupos sociales, los cuales son considerados como en preparación para la vida adulta (niños, niñas y jóvenes) o saliendo de la vida adulta (adultos mayores)” (Duarte Quapper, 13).

En Nicaragua, el fenómeno actualmente tiene particularidades que son interesantes: los perseguidos y asesinados son principalmente estudiantes que participaron en el levantamiento popular que ha inmerso en una crisis sociopolítica al gobierno y a la nación, desde abril del 2018. Durante el segundo día de las movilizaciones en contra de la medida, tras el asedio y las agresiones de grupos de choque afines al gobierno y fuerzas policiales armadas con fusiles y pistolas, Richard Pavón, de 17 años, y Darwin Manuel Urbina, de 29 años, mueren en o cerca de algunas universidades.

Son los primeros jóvenes muertos de una lista que, a un mes de el inicio de las protestas, contaba un 50% de personas con menos de 24 años, siendo el menor de apenas 15 años. No menos importante, otro 25% de los muertos tenían entre 24 y 33 años. A la fecha el número de muertos es mayor y, si bien, algunos de los porcentajes han cambiado estos no han generado enormes modificaciones.

¿Qué hacer frente a este panorama? En principio, los jóvenes y los no tan jóvenes debemos hacer un esfuerzo por conocer nuestra historia, pero sobre todo, reconocer lo que pasa actualmente y desde una perspectiva crítica generar una inteligencia colectiva que nos permita validar o no la información que nos llega. Principalmente la del internet.

Por otro lado, es necesario unirse a causas sociales y participar en protestas —ya sea desde internet o desde las calles—, para mantener vigente en la esfera pública la ausencia de cada uno de los jóvenes que han muerto producto de la vulneración de derechos. Solo así reconocemos que este fenómeno está pasando y que debe acabar. En esa misma línea de pensamiento, es necesario exigir hasta que se concreten, investigaciones para esclarecer cada uno de sus casos. La desmemoria conduce al olvido y los jóvenes que nos dejaron no merecen eso.


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