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Germán Miranda: entre una bola curva y un lente

Con un oficio de más de 12 años que lo ha metido en peligros y una pasión por el béisbol que lo marcó desde que tenía 18, el caleidoscopio de sus fotos no es lo primero ni lo único relevante que sabe hacer Miranda: en la década de los 70 fue pitcher de un equipo de liga nacional y le ganó en un juego internacional a Holanda, entre otros países.

Este señor silencioso paradójicamente es uno de esos personajes que no pasa inadvertido. Su camisa manga larga azul, la taza de café en la mano y su presencia de 1.86 metros inspira respeto, pero al hablarle, su mirada bonachona te muestra un hombre amable y humilde. En su trabajo las mujeres lo conocen por “mirandita” y los hombres por “germanzón”.

“No había necesidad de hablar, el lenguaje era mi recta y el de ellos su bate, pero yo tuve mejor léxico”.

Nacido en 1952 —pero todavía joven: “yo tengo 16 y voy para mis 15″— y oriundo de San Pedro Lovago, Chontales, Germán recuerda su infancia y las carencias de su hogar. Su mamá Amada Miranda era el sustento de la casa y él desde muy joven se puso a trabajar. Cuando niño trabajé en muchas cosas, era zapatero, halador de leña, vaquero, chapeador, vendía de todo, hasta periodista fui: vendía La Prensa (risas), pero también su niñez fue muy libre, llena de aventuras y alegrías, yo paseaba mucho y vivía nadando en el Río Mico, desde tierno conviví con el río, me gustaba pescar también. Uno de sus pasatiempos predilectos era leer, leyó La Ilíada y otros libros. Siempre fui un lector empedernido, a varios muchachos nos gustaba la lectura y nos prestábamos libros para leer hasta muy noche iluminados por un candil.

Si Miranda no estaba leyendo, nadando o con su mamá en la misa, realizaba otras actividades durante la noche. Disfrutábamos de las lunas llenas porque jugábamos en las calles. Luego pusieron la luz hasta las diez de la noche y pusieron un cine. Ahí pasábamos con Cantinflas. A veces nos llegaban unas películas todas tristes, aburridas, pero ideay, ni modo. En el 64 apareció la primera TV y nos cobraban un chelín por verla.

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De pie en un montículo, bola en mano, el marcador empatado

Por esos años nació en él la furia del béisbol, y aunque dejó de hacerlo a medida que fue creciendo, cuando se vino a la capital a los 18 años el mundo de los 9 innings de nuevo surgió para él y a partir de ahí absorbió su vida. Fui con un amigo a acompañarlo a entrenar, pues él estaba en la selección y resulta que yo también tenía cualidades y se fijaron en mí, cuenta. Al poco tiempo el joven chontaleño ya jugaba para el equipo de Granada.

Más rápido que su flash Miranda llegó a formar parte de la comitiva de béisbol que viajaría para representar a Nicaragua. Fui a jugar al Mundial de Colombia con la selección nacional y ahí le gané a Holanda y a Panamá. Al preguntarle que si tiene algún recuerdo memorable de esos tiempos él agrega: No fui muy vago para que me pasaran cosas, pero algo importante para mí fue cuando en el Torneo de Venezuela en el 77 le gané 1 a 0 al equipo de Puerto Rico.

Esos momentos le dejaron una sensación de orgullo, en la bola ponía su vida, como la pondría años después en su cámara. Tanto le apasionaba el juego que nunca se ponía nervioso al ver el estadio enorme y lleno de gente, uno está tan concentrado que ni la bulla siente, el béisbol te concentra. Para él no es ni siquiera prioritario usar un lenguaje hablado, en su juego contra Holanda ninguno de los equipos hablaba el idioma del otro, pero eso no importaba “con los holandeses no hablaba: no había necesidad, el lenguaje era mi recta y el de ellos su bate, pero yo tuve mejor léxico (risas)”.

De regreso en el estadio pinolero, se movió a primera base esteliana, fui a parar al equipo del Estelí y ahí estuve, hasta que me nombraron la estrella deportiva en Chontales —risas—, si es verdad ¿a que no sabés cómo se llama el único estadio del pueblo?. El béisbol no sólo le ha dado ese tipo de satisfacciones, sino que también fue la razón por la que se enamoró de su esposa, la conocí en el estadio mientras jugaba, ella llegaba a hacer barra y le gusté, le gustó el moreno espigado —risas—. El 6 de enero, día de los reyes magos, se casaron “y los dos tuvimos regalo de reyes”.

Ahora lleva más de 30 años de casado con cuatro hijos ya grandes, y cuando habla de ellos recuerda con orgullo su papel de padre: tuve tres hijas con las que me costó lidiar, limpiar pañales, recogerlas y llevarlas a la escuela, alistarlas para ir a clases. Y luego vino “el cumiche”, su hijo menor, con quien no tuvo esa experiencia paternal, porque su mama se hizo cargo de él cuando iba a la escuela. Antes los dos trabajábamos, ella salía temprano y yo un poquito más tarde por eso me tocaba a mi encargarme de las niñas, pero después sólo quedé trabajando yo, por desgracia —risas—.

Actualmente haber sido parte de la selección nacional le sirve de mucho para cubrir eventos deportivos de béisbol, sus dos amores están ligados.

“Me sale bien fotografiar actividades deportivas, sobre todo béisbol pues yo ya manejo el juego y eso me sirve para saber cuándo y cómo captar una buena imagen”.

Ahí se le logra ver sin falta por los estadios en su banquito sentado y con su cámara inseparable, ese banquito me sirve para tener una mejor perspectiva del juego y, claro, para descansar —risas—. Uno de sus proyectos próximos es tratar de conseguir apoyo para fundar una academia de béisbol en Chontales y así poder sacar a relucir nuevas promesas deportivas en su pueblo.

Su segunda pasión, escondida en un almacén

Los números casi lo seducen y por eso estudió Contabilidad, pero al poco tiempo de graduarse cambió de opinión no me gustó, estar sentado en una silla, la misma cosa todos los días, números siempre. Luego la guerra contra Somoza le impidió que siguiera jugando, pues en el 78 el equipo de Estelí se desbarató.

Fue cuando empezó a trabajar en un almacén de INCINE donde le atrajo una sutil y artística dedicación: llegaron los cubanos del ICAIC a darnos capacitaciones de iluminación, lenguaje cinematográfico, edición y cursos de fotografía, entonces me empezó a gustar el uso de la cámara. Tiempo más tarde se convierte en fotógrafo de Barricada Internacional y cuando ésta estaba cerrando el destino le abrió otra puerta: yo andaba en una huelga en protesta para que nos pagaran y me contactaron de La Prensa. Y es por eso que el primero de abril de 1998 empezó a tomar fotos para este periódico.

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Un remolino de viento y tristeza

Fue en ese mismo año donde le tocó una de las coberturas más traumáticas de toda su vida: El huracán Mitch.

Al tocar ese tema de inmediato la conversación se pone seria y una explicación profunda y clara quiso salir disparada de su mente: aquí en Nicaragua estuvo lloviendo seis días a cántaros, después vino el huracán Mitch y se desprendió el Volcán Casita, formó un dique, la lluvia se fue rebasando y cedió, se formó una ola de 6 a 8 pies de altura y a 60 Km. por hora. Arrancó cimientos, árboles, casas e hizo un abanico de 18 Km., por eso hubo muertos hasta en el empalme San Antonio.

Esa experiencia le generó caída del cabello y depresión. Me dio andropesia nerviosa, tenía en el centro de la cabeza una parte sin pelo, peloncita como mollera de tierno. Fue difícil entregarse por completo a su trabajo y brindar una cobertura de calidad. Estaba inmerso en un escenario aterrador que lo abrumó con fuerza, una tragedia arrebatadora en donde hasta su propia vida corría peligro, como en muchas otras ocasiones en que su trabajo raya con la muerte.

“El lugar era inseguro, yo casi quedo enterrado, porque quise acercarme a tomar fotos y me hundí hasta la cintura, un brigadista me sacó”.

Su trabajo fotográfico causó gran efecto, no sólo nacional sino internacionalmente, tanto así que la revista TIME publicó sus fotos y Newsweek puso en su portada la imagen más impactante de toda su cobertura: dos niños moribundos, víctimas del deslave, uno con la mirada angustiante hacia la cámara y el otro, un recién nacido en un estado peor.

En España se organizó una exposición fotográfica y una conferencia de prensa en solidaridad con los perjudicados por el huracán Mitch y él, junto con los niños, fue invitado a viajar para recibir un premio por su labor. Sin embargo, sólo pudo contactar al niño mayor, Alexander. No pude encontrar al otro chavalito, no se si vivió o no, anduve por todos lados buscándolo con la foto que tomé, pero me fue imposible, nadie me supo dar razón.

La foto y su testimonio causó muchas reacciones de tristeza y llanto. Para él esa imagen era parte de un conjunto de escenas trágicas que el perpetuó con su lente.

“A Alexander le estaban dando un jugo y yo esperé para fotografiarlo, los ojos y el rostro de ese niño denotan toda la tragedia junto con un bebe apenas con vida que tenía al lado, por eso en especial es que la elegí”.

Su cámara reflejó sin reservas todo lo que quizás las palabras del reportaje se hubieran quedado cortas Lo que yo vi en el Volcán Casita fue tétrico, parejas con sus hijos pegados en el alambrado, una mano, un pie, una mujer embarazada que parece que el niño se le desprendió, cadáveres retorcidos al quemarse, lamentos nocturnos de gente enterrada y sin poderlas encontrar.

Sin embargo, para él no hay una razón exacta por la que debió afectarlo tanto. Ya había tenido otras experiencias feas, una vez cubría un accidente de AVIATECA, un avión cayó en El Salvador y eran pedazos de gente por todos lados. Él tuvo que viajar con los cadáveres y al llegar al aeropuerto le estremeció escuchar lo que parecía una marcha fúnebre: Había como un homenaje a los muertos y sonaban unos redobles que daban miedo.

Asimismo, cuenta situaciones menos traumáticas, pero igual o más  riesgosas: En Masaya, en el estadio Roberto Clemente el equipo San Fernando iba ganando, pero el juego dio un giro y al final ganó el Bóer, entonces se armó la de San Quintín fuera del estadio y yo me salí a cubrir el pleito.

Esa vez hubo una reyerta entre los seguidores de ambos equipos y Germán tuvo que meterse debajo de un bus para cubrirse: Sólo oía que las piedras cruzaban como abejas por las ventanas y taladraban el cristal, me quisieron quitar el equipo y casi me roban dinero, pero al final no pasó; menos mal porque me acababan de pagar —risas—. Esa y otras historias parecidas han hecho de Miranda una película andante de acción y peligros.

Pero a todas estas ¿cual es la cobertura fotográfica que más hace sentir orgulloso a Germán? Creo que la guerra de los grupos armados en Estelí, me siento bien enseñándola porque sé cómo la hice, fue en medio de un combate cuadra a cuadra, yo hasta estaba escondido para no salir herido y ahí logré captar a un hombre disparando que llevaba un herido al hombro.

Para él, ser sólo un testigo más no es suficiente, con tantos años eternizando momentos ya llega un punto en que hasta sus experiencias de esa época las concibe como fotos, poco a poco los recuerdos se hacen imágenes impresas. Como todo un maestro visual ya automáticamente piensa con el encuadre y el corazón en el lente.


Fotografía: Mayerling García

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