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Esto es un arroz con mango

Yo tengo temor de lo que viene. Después de siete intensos meses de protesta y represión, ya podemos más o menos ir contemplando dos posibles escenarios para nuestro país, y ambos desde mi perspectiva, son de temer.

Por un lado, pienso en la posibilidad de que esta gente no se vaya, que queden impunes todos sus crímenes, y Nicaragua se vuelva esto que somos ahorita. Es decir, un amasijo de dolor, impotencia y una fuerza acumulada en constante necesidad de romper con el poder absoluto que nos gobierna. Me cuesta imaginar que este escenario dure mucho tiempo, pero nunca se sabe, y también hay que prepararse para esta posibilidad y para pensar con creatividad nuevas formas de protesta.

Pero el otro escenario, asumiendo que se van, y que se van pronto, no me parece necesariamente más fácil. Ante esta posibilidad la tarea que se nos vendría es la de enfrentar nuestras más importantes contradicciones. Porque, seamos serixs, tenemos en común que estamos hartxs de las barbaridades de esta pareja, pero más allá de eso, en lo demás somos un arroz con mango.

¿Qué quiero decir con “arroz con mango”?

El otro día una persona a quien estimo puso un post en facebook con una imagen de una pareja heterosexual con un niño entre ambos. En la parte trasera de la camiseta de cada uno había un dibujo de una regadera apuntando al niño, quien en su espalda tenía una flor. La leyenda de la foto decía algo así como que solo un niño con papá y mamá —como dios manda—, podía desarrollarse con buenos valores morales… o algo por el estilo.

Yo estoy en total y absoluto desacuerdo con ese punto de vista, pues pienso que los valores morales nada tienen que ver con la opción sexual de la gente. Pero en fin, el tema es que esta persona de la que hablo, se encuentra de mi lado de la acera en relación a su posición sobre el gobierno, pero en una acera completamente opuesta en cuanto a su mirada sobre temas de género, sexualidad, familias, la relación Iglesia-Estado, etcétera.

Así como este tengo miles de ejemplos. El punto es que una vez se abra el espacio para una discusión democrática de lo que queremos como sociedad, vamos a tener que enfrentarnos los que por ahora compartimos acera, con nuestras profundas contradicciones en relación a temas que tradicionalmente nos separan, como son la relación Iglesia-Estado, la desigualdad social, la destrucción medioambiental a manos de los grandes capitales, el machismo, racismo y clasismo, y muchos más.

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Tendremos que resolver las históricas contradicciones entre campesinos y terratenientes, o entre las iglesias y las feministas, los empresarios y trabajadores, o entre las señoras de casa y las trabajadoras domésticas, a quienes se les sigue pagando centavos por realizar el trabajo más importante para sostener la vida. Lo que hemos vivido en conjunto nos ha creado lazos, sin duda, pero no podemos olvidar que hay diferencias entre nosotrxs que son importantes y que tienen efectos reales en la gente.

Hace unos días un conocido líder nacional publicó unas fotografías de él con el ex-presidente colombiano Álvaro Uribe, celebrando las “lúcidas ideas sobre la política en Latinoamérica” de este personaje. Sin meterme a los detalles de la política colombiana, me parece bastante evidente que Uribe es un político bastante controversial —para decir lo menos—, que ha representado para buena parte del pueblo colombiano, algo similar a lo que representa en este momento la pareja presidencial para muchxs nicaragüenses.

Mi problema no es que el líder al que hago mención piense que Uribe es la maravilla. Él puede pensar lo que desee. El tema es cómo vamos a manejar nuestras diferentes visiones sobre el país, y sobre todo nuestras desigualdades. Esas desigualdades que nos cruzan y que han existido desde antes de esta crisis, van a seguir cruzándonos, y probablemente ahora se noten más que antes.

Nos hemos llenado la boca hablando de democracia, de respeto, de derechos, y muchas personas seguimos disfrutando de los beneficios que nos da el patriarcado, nuestro nivel socio-económico, nuestro color de piel, nuestro acceso a educación formal y a redes internacionales.

Si no, pregúntenle a la trabajadora doméstica si los señores patrones azul y blanco le han subido 100 pesos de salario, o al menos le respetan su horario laboral. No lo creo. Conozco muchos casos de personas muy “justas” en sus discursos, que no se dan cuenta de que pagar menos de 200 dólares a una trabajadora y exigirle casi 60 horas de trabajo semanales (o más), es completamente contradictorio.

¿Qué vamos a hacer si se nos abre la oportunidad de empezar de cero? ¿Vamos a seguir aceptando tanta desigualdad como el orden normal de las cosas? Cuando nuestras miradas sobre cómo debería de funcionar nuestra sociedad no apunten al mismo lugar, ¿vamos nuevamente a machacarnos lxs unxs a lxs otrxs tal y como nos están machacando ahora por pensar distinto? ¿Vamos a seguir explotando al resto amparados en que ni modo, así es Nicaragua?

Cuando escuché esa frase del arroz con mango por primera vez, me pregunté qué tal sabría eso. Pues yo creo que depende de cómo lo preparemos capaz y no sabe tan mal. Me parece que reconocer estas diferencias es el punto de partida para hacer una ensalada de arroz con mango que podamos comernos con más gusto.

En otras palabras, no siento que pensar distinto sea el problema, sino la idea de que son las ideas de unxs las que deben dictar la vida de todo un país. Entender las diferencias nos puede llevar a pensar en procesos de toma de decisión que sean realmente democráticos, abiertos, horizontales, en donde no nos impongamos sino que nos escuchemos.

Se viene un momento de decisión para el que no se si estamos listxs. Si no nos cuestionamos de manera profunda qué es lo que necesitamos cambiar para no repetir el error de la imposición una y otra vez, vamos ineludiblemente por el mismo camino: hacia una revolución frustrada.

Estemos preparadxs. En cualquier momento cae esta gente, y las verdaderas preguntas se harán ineludibles:

¿De verdad somos UN pueblo? ¿De verdad estamos preparadxs para una democracia?

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