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El Teatro y yo, por Roberto Lechado

Cuando llega a mí la pregunta “¿Cómo te interesaste por las artes?” primero río y luego pienso que es algo que no tenía planeado, solo se dio. Recuerdo que nunca me interesé por nada al respecto, era muy vago y me interesaba poco por la vida, típica chavalada. En quinto año de la secundaria una compañera nos pide a un grupo participar de una obra de teatro que ella iba a montar, todas y todos con cero experiencia, y me apunté con la idea de obtener algunos puntos extras; nos reuníamos a ensayar hasta que logramos crear algo y una vez que nos presentamos volví a mi vida de vago sin interés por mucho. Y así anduve hasta que con unos compañeros se nos da la idea de escribir, en modo de apuesta, una novela; esta tendría un mínimo de 150 páginas y debía estar terminada antes de X fecha.

Para participar pagaríamos 200 córdobas cada uno, el ganador se llevaría todo el dinero y quienes no lograran escribir las 150 páginas se rasurarían la cabeza y depilarían las piernas con tapa goteras. Entonces empezamos a escribir; yo logré completar 33 páginas que ya se perdieron, me emocioné mucho con la historia pero llegué a un punto en el que me enfrentaba con repetir mi quinto año si seguía de pajista en las clases, entonces pedí frenar la apuesta, el resto de compañeros se encontraban en la misma situación y así todos accedimos, y fue ahí cuando me quedó sembrada una semillita en el cerebro que me empiezó a picar para crear y crear.

Luego al entrar a la Universidad, a estudiar la carrera de Marketing, empiezo a conocer a personas que comparten intereses similares a los míos por la escritura, la profesora de español Estrella Luz me anima a escribir más. Empiezo a conocer a personas que simpatizan con la literatura, entro a talleres de poesía, cuentos, y así empiezo a escribir todas las historias que me llegaban a la mente. Una noche, no recuerdo cómo ni por qué, pero fui con un amigo a ver la presentación de graduación del Grupo Drugos con la obra 72.6 de la cual salí encantado y con ganas de hacer lo que ellos habían logrado hacer; quise causar emociones en otras personas como las que ellos habían causado en mí.

Quise experimentar eso de crearme una realidad momentánea  para ser y comunicar, quise gritar como ellos sin ser juzgado. Y así, al parecer el deseo fue tan fuerte que llegó a mí una convocatoria para becas de estudios en la escuela de Teatro Justo Rufino Garay, a los cuales empezaré a resumir con JRG. Voy a hacer audiciones con la idea de probar y ocupar mis mañanas en otras cosas, me dan la beca e ingreso, sin saber que ese sería el inicio de un hermoso amor con una linda nueva familia y pasión.

Roberto Lechado Cortesia

Al principio mucha timidez, recuerdo a una Alemana/española que me observaba con grandes y brillantes ojos mientras parecía no comprender muy bien lo que yo le decía. Recuerdo a una chica rusa con una cola al centro de la cabeza que llamó mucho mi atención al principio, luego la odié y luego nos amamos (Ella también me odió en el momento). Me sentía intimidado por mis profesores Lucero Millán y René Medina, me daba vergüenza pasar al frente para mostrar tareas, me regañaban por no dar lo que tenía que dar al momento de actuar, realmente me costaba exponerme, mostrarme vulnerable, no quería que nadie, ni yo mismo, husmeara en ese Roberto que siente y ha vivido, entonces me resguardaba como debajo de 8 caparazones para que nadie comprendiera lo que pasaba conmigo. Y claro, tiempo después me doy cuenta que actuar no es fingir emociones, es prestar las propias para que una propuesta tenga sentimiento, y no solo eso, que también es confrontarse con uno mismo e irse conociendo mejor.

 En fin. Por alguna razón, desde que empecé a estudiar teatro, mis notas en la universidad empezaron a ser mejores, mucho mejores, al parecer la disciplina que fui adquiriendo con las clases de actuación también era aplicable a la vida cotidiana. Aunque debo aceptarlo; siempre he tenido problemas con la puntualidad.

 Pasa algo curioso durante mi primer año en el JRG, y es que un día, mientras ensayaba en casa, me caí de una silla y golpeé la cabeza y sentí como mi yo se desprendía de mi cuerpo por un momento y desde arriba me veía como retorciéndome en el suelo, lo sé, suena a la mentira más grande y cliché, pero así lo recuerdo, la cosa es que fueron como 2 ó 3 segundos antes de regresar a mi cuerpo y levantarme para pedir ser llevado al hospital, no tenía nada fracturado, pero con seguridad puedo decir que esa sacudida que mi cerebro recibió puso en desequilibrio al Roberto que seguía andando por andar bajo caparazones.

 Entonces hubo un cambio; me empecé a atrever un poco más, perdí el temor a exponerme en público, empezaba a ser más sincero conmigo mismo, a desenvolverme, a sacar la voz, entonces mis propuestas además de responder a una necesidad mía por comunicar, también empezaron a ser sinceras, lo que me permitió ir dejando pesos atrás que alivianaban mi paso, mi mente captaba ideas y lograba figurarlas en imágenes teatrales que podían ser plasmadas, y así simplemente creaba y creaba, sin pensar mucho en el ser juzgado, en el qué dirán, por fin logré perderle ese miedo al ridículo del que mis profesores tanto me hablaban desde un principio y entonces realmente empecé a tomarle el gusto a la actuación.

 Roberto Lechado Cortesia

Un día aplico y me aceptan en un taller de dirección con Gonzalo Cuellar, ahí conozco a otra gran nueva familia, Guachipilín, a quienes vuelvo a visitar para tomar un taller de dramaturgia con Zoa Meza, títeres y cuenta cuentos, y me enamoro del trip de contar cuentos. Entonces empiezo a capacitarme con ellos en la técnica de narración oral escénica, escribo mis propias historias y las cuento en distintos espacios. También soy invitado a participar de una obra llamada “Mundo de papel” donde se manipulaban títeres no convencionales acompañados con la música de Clara Grun, de quien soy súper mega recontra fan.

En un momento de mi segundo año en el JRG, empiezo a conocer lo que es el ego y cómo esto si no se controla puede afectar el trabajo de uno. Resulta que no era una diva insoportable, pero de cierta manera me elevé por algunos reconocimientos de mi talento que se me iban haciendo, por suerte gracias a una plática que tuve, en la que me reventaron esos globos que me llevaban para arriba, pude ser consciente del error que cometía pues realmente mi trabajo se estaba viendo afectado por la presión de querer impresionar y demostrar algo, en lugar de trabajar por la necesidad básica de comunicar un algo de la realidad que necesita una voz. Entonces entré en toda una auto terapia anti ego que encontré en Internet con la que pude limpiar ese mal trip que corroía mi corazoncito creador, y pues, rico, empecé recibir las buenas vibras de otras personas con toda la humildad posible para evitar aires que no necesito. Al concluir este año nace y se presenta Sofía Serrano, uno de los personajes que más me ha gustado interpretar y cuyo texto es un proyecto que planeo seguir trabajando. También soy invitado a participar con el grupo de teatro JRG a la obra “Inocencia con alas rotas”.

Y así siguió, un tercer año lleno de retos y creación de fuertes lazos entre el grupo del JRG; de 36 que empezamos en primer año, ahora éramos solo 8, y nos aprendimos a amar con el alma, desarrollamos una muy rica conexión donde no existía ninguna mala onda y todo simplemente fluía. La cosa es que nos graduamos juntos, todo lindo, lloramos, nos amamos y cada quien empezó y continuó con sus proyectos personales.

De todo esto recuerdo la primera vez que me iba a presentar frente a muchas personas, cuyas sensaciones son similares a las que aún siento; primero el manojo de nervios, las ganas de hacer pipi y pupu, cosquilleo en los ojos, en los pies, todo para que el tiempo se pase súper rápido sobre las tablas y cuando noto ya ha terminado y estoy sonriendo y saludando a las personas espectadoras con mucha pena. Nervios necesarios para sentirme vivo.

En el camino me di cuenta que en efecto me encanta la idea de vivir otras realidades, que la delicia de la vida está en abrirse y dejar escapar esos fantasmas que se acumulan en el pecho, y sobre todo comunicar, transformar algo, poner en desequilibrio a lo ordinario, generar una reflexión, entretener, y ofrecerle al mundo una ficción humana con la que se pueda identificar.

Me llega a emocionar mucho la dirección y dramaturgia, y entonces es acá cuando me concientizo de mi rol como creador, no solo interpretador. Me doy cuenta que he descubierto ese poder de dios creador que todas y todos llevamos dentro, en el que puedo maquinar esos mundos que ya he probado de la mano de otros autores, y es cuando descubro que ahora puedo decidir qué realidad quiero interpretar, cómo quiero que sea y qué es lo que quiero comunicar con ella.Entonces mi mente se empieza a dispersar, empieza a maquinar historias la mayoría del tiempo, empieza a sentir más, a investigar, a referenciarse, a proponer, solucionar, a crear crear crear y crear. Se vuelve una pequeña máquina que se encuentra activa tomando insumos de lo cotidiano, de lo que sea, crea castillos en el aire, ciudades bajo la tierra y eso me llega a encantar.

Por lo que sí puedo marcar un antes y un después de… Un antes donde solo iba de paso por la vida sin mucho interés por entender el resto de cosas y un después en el que varias de esas cosas me empiezan a llamar la atención, en el que tengo un algo que me ocupa la vida con gran placer, en el que se me creó una disciplina, conciencia, responsabilidades, sensibilidad, un después donde puedo ver a un Roberto más sincero con él mismo, más sonriente, más humano y sobre todo más claro del rol cambiante que ocupa su ser.

Porque sí, aunque un poco despistado pero enfocado, aunque un poco soñador pero con los pies sobre la tierra, y sobre todo agradecido con la vida y la belleza de capítulo que me ha tocado interpretar, en la que con diferentes realidades se puede modificar esta realidad que compartimos.

Colaboración de Roberto Lechado

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