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El rastro de las que se fueron: Refugiadas feministas haciendo eco

La migración es un proceso natural en la historia de la humanidad, desde siempre las personas nos desplazamos de un área determinada a la otra.

Sin embargo, en la actualidad pensar en migración, despierta xenofobia y discriminación y más si sos una persona refugiada o solicitante de refugio.

Le dije a mi hermana ‘me tengo que ir, mi vida corre peligro acá’; luego salí con un grupo de chavalos, con mucho miedo e incertidumbre de no saber a dónde vas ni lo que vas a encontrar. Sin embargo, llegué a Costa Rica y la primera recibida que tuve fue de un oficial que nos dijo ‘ya vienen a ser una carga más para nuestro país'”, testimonio de una solicitante de refugio trans y nicaragüense.

Y es que ser mujer y refugiada en un contexto machista solo agranda aún más la brecha de desigualdad que experimentan a diario las mujeres centroamericanas y del mundo.

Los retos como cuerpos diversos

Las mujeres trans refugiadas no solo enfrentan el reto de poder encontrar un trabajo que no las juzgue, sino también luchar contra los estereotipos y lo que la sociedad machista espera de ellas.

Yasuri Potoy, mujer trans activista, explica que para optar a un trabajo estable tenés que cumplir con ciertos estereotipos binarios e intolerantes.

Además, considera que muchas mujeres trans no pueden encontrar un trabajo formal porque ni sus voces ni sus cuerpos son feminizados, porque son cuerpos disidentes del sistema.

La misma sociedad te limita mucho a que podás acceder a un trabajo estable. Algunas chicas trans se han visto obligadas a ejercer el sexo por sobrevivencia ya que no encuentran oportunidades laborales para comer y subsistir”, expresa Yasuri.

Por otro lado, priorizar la salud se vuelve un tema olvidado, ya que es difícil tener acceso a la salud en general y en específico a salud sexual y reproductiva.

“Porque acá sin seguro no hacés nada, entonces un simple chequeo ginecológico se vuelve inaccesible. Acá pagas renta y comés, y lo otro pasa a hasta a un cuarto plano, hasta quedar totalmente invalidado de tu realidad”, expresa una de nuestras entrevistadas que se hace llamar ‘Negra’.

La xenofobia que hiere

En 2020, el número de personas refugiadas en el mundo llegó a 26 millones, de las cuales 20,4 millones bajo el mandato de ACNUR y 5,6 millones bajo el mandato de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo.

Las mujeres en su mayoría se desplazan para salir de un conflicto y si son de comunidades rurales tienen mucho más obstáculos para desplazarse seguras y con éxito a su destino.

Por ejemplo, Ángela Nuriz Sequeira, líder territorial y miembro de Movimiento Campesino Nicaragüense, señala el alto índice de xenofobia que viven las mujeres campesinas en la zona norte de Costa Rica, debido al impacto de noticias amarillistas que hacen ver a las personas nicaragüenses como ‘saqueadoras del Estado’.

Esta desinformación sobre el tema pone en riesgo a muchas mujeres que se han desplazado de su país, pues quedan expuestas a cualquier tipo de violencia.

La situación de las mujeres afrodescendientes e indígenas

Si se le da un enfoque de género al tema de los desplazamientos también hay que enfatizar en cómo las desigualdades no afectan a todas las mujeres de la misma manera.

Por ejemplo, la situación de las mujeres indígenas y afrodescendientes refleja que son doblemente victimizadas, pues además de ser objeto de violencia física, psicológica o emocional, patrimonial, económica, sexual, violencia obstétrica y política por ser mujeres, se les discrimina por ser indígenas o afrodescendientes.

“Esta ciudad es un monstruo”

Para Keyla Chow, mujer refugiada nicaragüense de la Costa Caribe, el reto ha sido en su mayoría cultural, pues pasó de vivir en un entorno comunitario, familiar y rodeado de naturaleza, a vivir en una ciudad acelerada y caótica.

Quienes vivimos en un territorio como la Costa Caribe somos de otro ambiente. Esta ciudad es un monstruo, me consume, me absorbe de a poco, es prácticamente otro mundo, otras palabras de uso común que una se queda de pronto queriendo asimilar qué quisieron decirnos”, expresa Keyla.

Aun con su título de Licenciada en Sociología, otorgado por la URACCAN, Keyla considera que las oportunidades laborales siendo mujer refugiada son pocas, empezando con que es casi nula la posibilidad de la homologación de los títulos universitarios.

“Costa Rica es un país caro y nos ha tocado hacer de tripas corazones. Es difícil coordinar cómo y dónde dejar a nuestros niños, por ejemplo, a la hora de buscar empleo o trabajar. Son retos de mujeres que solo las mujeres entendemos”, cuenta.

“Y desde esta trinchera, organizadas como Costa Caribe nicaragüense en el exilio, las mujeres indígenas, afrodescendientes, estudiantes, activistas seguimos demandando justicia, sin dejar de compartir un delicioso gallopinto con coco y un hermoso vaso de babul, siempre firmes y dignas”, expresa.

La esperanza para Keyla tiene rostro familiar y sabor a coco, pues ha encontrado en otras personas costeñas no solo un segundo hogar sino también un espacio en redes donde apoyarse y cocinar un suculento rondón.

Siempre voy a seguir diciendo que somos bloque Costa Caribe nicaragüense en el exilio, luchando más allá de las fronteras por la correcta participación de los pueblos indígenas y comunidades étnicas de Nicaragua y la reivindicación de nuestros derechos humanos y universales”, afirma Keyla.

La solidaridad como virtud

Asimismo, Ángela Nuriz resalta la gran limitación de la población campesina para acceder a la información sobre los trámites migratorios.

No todas las personas tienen las oportunidades de ir a estas instituciones e informarse, no pueden dejar pasar el tiempo porque un minuto sin trabajo es más alta la probabilidad de que no comás”, expresa Yasuri Potoy, quien es actualmente secretaria de la Red de Mujeres Migrantes Nicaragüenses.

Muchas de estas mujeres, cuyo nivel académico no supera la primaria, tampoco cuentan con los recursos de dispositivos móviles inteligentes ni mucho menos internet para acceder a las nuevas medidas de atención que están brindando las diferentes instituciones.

Unas de las herramientas que Yasuri ha estado implementando han sido las redes de apoyo, acuerpándose entre todas y ayudando mutuamente a las que van llegando.

“Creo que la solidaridad en estos tiempos es una virtud indispensable para sobrellevar cualquier adversidad y eso lo hemos venido poniendo en practica desde el colectivo al que pertenezco, porque sí es posible salir adelante cuando nos ayudamos mutuamente”, expresa Yasuri.

El rol cíclico de cuidadora a doméstica

Las mujeres que se desplazan no dejan de ser cuidadoras, pero al irse de su país el trabajo de estar a cargo de sus hogares se convierte en un trabajo que se desarrolla en un mercado oculto y precario.

Por lo que contribuye a aumentar la desigualdad en las mujeres que se desplazan, mientras aumenta la vulnerabilidad asociada a los factores de migración y ser mujer.

Falta de recursos para autosostenibilidad

Con frecuencia se ven en las redes sociales y en los medios imágenes negativas de las personas migrantes, refugiadas o solicitantes de refugio.

Mientras que los beneficios que estos sectores aportan a la sociedad en la que están, como las contribuciones económicas, raramente aparecen en las noticias.

Esto afecta a las mujeres que llegan a otro país en busca de oportunidades pero se encuentran con las puertas cerradas para conseguir ser independientes y autosostenibles.

Entre los principales retos que puedo puntualizar es la dificultad que se tiene para acceder a un trabajo digno. ¿Cómo puedo continuar rompiendo esa posición histórica que se le da a las personas migrantes, a las personas desplazadas en los países receptores?”, expresa la ‘Negra’.

Según Negra, el sistema económico está diseñado para la reproducción de la cadena de precarización de estas personas desplazadas.

Entonces el reto es ese, poder acceder a un trabajo digno donde se reconozcan sus capacidades profesionales, más allá de su situación migratoria o el título universitario de Nicaragua.

Vulnerables ante la violencia

El aumento de vulnerabilidad de las mujeres al convivir con sus agresores, pone a las mujeres en situaciones de riesgo aun más graves.

Como si ya de por sí no hubiera impunidad ante casos de feminicidios en los países de la región para encima agregarle el factor migratorio, más el desamparo legal que las deja en un estado de vulnerabilidad aún mayor estando fuera de su país.

Las mujeres campesinas en resistencia

Las nicaraguenses originarias de comunidades rurales han encontrado en países aledaños oportunidades para empezar de cero con sus familias, pero ha sido gracias a las redes que tejen a lo largo de las zonas rurales donde han ido asentándose.

“Las campesinas no se van a la ciudad por la manera del trabajo y por lo que saben hacer. El trabajo en la ciudad no es fácil, se van a las zonas rurales, cuidando fincas, trabajando la tierra, cuidando a sus hijas/os”, cuenta una de nuestras entrevistadas a la que llamaremos ‘Ana’.

“Las campesinas resistimos para que nuestros derechos sean respetados y escuchen nuestras demandas como campesinas, en las montañas, en los sectores rurales”, cuenta Ana.

Ana considera que la lucha de las mujeres campesinas sin duda alguna es una lucha feminista porque nace de las ganas de visibilizar sus derechos y posturas.

Somos un sector fuerte, las mujeres campesinas hemos puesto nuestro granito de arena, desempeñando un papel importante en las marchas, plantones, actividades”, puntualiza.

Ana explica que aunque en su mayoría las mujeres campesinas salen con sus parejas o la familia entera, hay muchas que han salido solas, como una manera de seguir en la lucha feminista, cuando ya las alternativas en el país se vuelven menos seguras.

Te puede interesar: La furia de las mujeres rurales

“En mi caso así fue, salí sola. Ha sido duro, pero lo hice para resguardar mi vida y la de mi familia, es un sacrificio. Lo que más me afecta es la resistencia en el exilio, ser autosostenible y tener trabajo fijo”, cuenta.

Para Ana, tener el coraje de caerse y volverse a levantar es vital, en Nicaragua ella tenía varios negocios y llegar al país de destino en calidad de refugiada era un cambio radical de tenerlo todo a no tener nada.

No perdemos las esperanzas de volver a Nicaragua y seguiremos en la defensa de nuestros derechos humanos desde donde estemos. Porque aun estando lejos se puede hacer la lucha, tejiendo redes y acuerpando a las mujeres que llegan”, enfatiza.

¿Qué se puede hacer?

Sobeyda Moya, directora de Fundación Mujer, explica cómo a través del trabajo que han venido realizando para brindar protección a las mujeres han puesto en marcha ideas para fortalecer las capacidades de las mujeres:

  • Talleres para fortalecer las habilidades blandas.
  • Acompañamiento en la construcción de curriculum.
  • Financiamiento de capital semilla.
  • Constante capacitación en atención y servicio al cliente.
  • Acompañamiento psicológico.
  • Campañas para combatir la xenofobia.

Organizaciones clave 

¿Qué más podemos hacer por nuestras hermanas refugiadas o solicitantes de refugio?

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