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¿Qué dice la Biblia de la homosexualidad?

Tomamos algunos comentarios de odio que personas han dejado en nuestra página de Facebook y nos fuimos donde María López Vigil, una teóloga y estudiosa de la Biblia que nos explicó algunos mitos y desconocimientos alrededor de este libro.

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Sobre Levítico 20, 13

En todos los libros del Antiguo Testamento de la Biblia estamos leyendo mitos, historias, costumbres, tradiciones y leyes de otra cultura, la hebrea, y de otros tiempos muy distante del nuestro. El libro del Levítico recoge leyes de hace tres o cuatro mil años de aquella cultura, de aquel pueblo. Regirse por esas leyes es negar todos los avances legales de la Humanidad, incluidos los que valoramos hoy en Nicaragua.

El pueblo hebreo, como otros pueblos de la Antigüedad, era homofóbico. El pueblo griego, otro pueblo de la Antigüedad, no lo era homofóbico. La homofobia es expresión de la cultura, algunas lo han visto con normalidad, otras no, y lo han vinculado a mandatos religiosos. Es el caso de la cultura hebrea.

La Biblia no es la “palabra de Dios”. Es la palabra de un pueblo, que como todos los pueblos, ha buscado a Dios y en esa búsqueda ha cometido errores y aciertos. Pensar que Dios rechaza a los homosexuales y a las lesbianas es uno de esos errores. Si el pecado es hacer daño a los demás y hacernos daño a nosotros mismos, podemos afirmar que la homosexualidad no es pecado porque vivida con amor no hace daño a nadie. Lo que es pecado es la homofobia. Porque discriminar, rechazar, despreciar, menospreciar, odiar es hacer daño. Discriminar a otro ser humano, creado por Dios y amado por Dios, por ser como es, por sentir lo que siente, es pecado.

Quienes piensan que todo lo que dice la Biblia es mandato de Dios, y por eso hay que rechazar a los homosexuales, deberían prohibir la entrada al templo, al culto y a las iglesias a las mujeres cuando tienen su menstruación, porque eso también está escrito en las antiguas leyes del libro del Levítico. ¿Por qué no lo hacemos, aunque está escrito en la Biblia? Porque sabemos que esa norma es atrasada, antigua, expresión de una cultura superada que violenta la privacidad de las mujeres y es contraria a los derechos humanos. Pues con la homosexualidad es lo mismo. Aceptar a los homosexuales, aprobar que puedan contraer matrimonio o adoptar hijos no es una cuestión religiosa, es una cuestión de derechos humanos.

Sobre Génesis 5, 2

Dios nos creó macho y hembra. Y en su infinita creatividad, creó muchas formas de ser y sentir como macho y muchas formas de ser y sentir como hembra. Todos los colores, todas las formas, todos los rostros y todas las formas de vivir la sexualidad, si se viven con amor y sin hacer daño, han sido creadas por Dios. La homosexualidad está presente en todas las especies animales. Y nosotros también somos una especie, Homo Sapiens. La homosexualidad es algo natural, presenta en la obra de Dios que es la Naturaleza. Si creemos que Dios es el creador de todo lo que vemos y conocemos, también creeremos que Dios ha creado a homosexuales, tanto machos como hembras, tanto varones como mujeres. La diversidad sexual es una realidad humana creada por Dios.

¿Por qué tanta intolerancia en Nicaragua contra los homosexuales y tanta tolerancia social con los borrachos, que los hay en todas las clases sociales? ¿Por qué no somos tan severos con la familia Pellas, que ha hecho su riqueza vendiendo licor para hacer borrachos a tantas gentes? ¿Por qué no somos tan intolerantes con los ladrones que roban los recursos públicos y se enriquecen con ellos?

Primera a Corintios 1, 6-10

Las cartas de Pablo son palabra de Pablo de Tarso, no son palabra de Dios. Pablo fue formado en la tradición farisea, lo que supone una formación moral y religiosa llena de prejuicios y severidad y esto a veces se refleja en sus escritos. En estos versículos de la primera carta de Pablo a los cristianos de Corinto, en Grecia, él excluye del reino de Dios no sólo a los homosexuales, también a los borrachos, a los ladrones… ¿Por qué tanta intolerancia en Nicaragua contra los homosexuales y tanta tolerancia social con los borrachos, que los hay en todas las clases sociales? ¿Por qué no somos tan severos con la familia Pellas, que ha hecho su riqueza vendiendo licor para hacer borrachos a tantas gentes? ¿Por qué no somos tan intolerantes con los ladrones que roban los recursos públicos y se enriquecen con ellos? Quien escribió esta carta es Pablo, no es Jesús. Jesús de Nazaret nunca discriminó a nadie por su orientación sexual. Y seguramente, en su grupo habría hombres y mujeres con una orientación sexual diversa.

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La Ciencia nos enseña que existe una proporción de un 10% de la población humana que tiene una orientación sexual hacia su mismo sexo. Jesús nunca habló de eso, nunca discriminó a nadie. Ser cristiano, tanto en versión católica como en versión evangélica -todos somos cristianos- no es ser seguidor de Pablo, sino tener como inspiración la vida y las palabras de Jesús de Nazaret, su ejemplo. Con lo que Pablo dice en esa carta está excluyendo del Reino de Dios a los homosexuales, lo que equivale a discriminarlos, a ellos y a ellas en esta vida o a mandarlos, a ellas y a ellos, al infierno.

Sobre el infierno

La idea del infierno debemos revisarla y rechazarla. Pensar que Dios tiene un infierno para quienes lo ofenden o no le obedecen es hacer a Dios a imagen y semejanza de Anastasio Somoza que, a quienes le desobedecían, se enfrentaban a él o pensaban de manera distinta, los encarcelaba, los torturaba, los mataba. ¡Cómo podemos pensar que Dios, que es Amor, tiene un castigo eterno para quienes le desobedecen, para quienes no cumplen normas, para quienes, en la idea de Pablo serían pecadores como los homosexuales! No, el infierno está en la tierra. Está hoy en donde hay guerras en donde se bombardea a gente inocente. Está hoy en quienes acumulan riquezas a costa de la miseria de millones. Está hoy en esa gente despiadada del Estado Islámico, que corta la cabeza a quienes piensan diferente. El infierno está aquí y el diablo somos las personas cuando hacemos daño.

Génesis 19

La principal de las ideas contra la homosexualidad basadas en la Biblia tienen como fundamento el relato de la destrucción de Sodoma y Gomorra, un antiguo relato conservado en la tradición oral del pueblo hebreo, con más de cuatro mil años de antigüedad, escrito en un mundo que no es el nuestro, un mundo de pastores, un mundo donde aún no existe la noción de los derechos humanos. En ese relato legendario, Dios castiga a esas dos ciudades del desierto, Sodoma y Gomorra, cercanas a donde acampaba Abraham. Hay muchas interpretaciones de expertos en la cultura de aquel pueblo y aquel tiempo que concluyen que el “castigo” no fue contra la homosexualidad, sino contra la falta de hospitalidad, virtud esencial en la cultura hebrea.

En cualquier caso, nosotros no podemos basar nuestras relaciones humanas en referencia a lo que pensaron hace miles de años las gentes de un pueblo tan lejano en el tiempo y en el espacio.

Conviene recordar que en los pueblos ancestrales de Nicaragua, los pueblos de nuestros antepasados, la homosexualidad era vista como algo natural y una persona homosexual no era castigada ni discriminada por la comunidad. Sodomita es un sinónimo habitual para decir homosexual. Y en muchas legislaciones se sigue hablando del delito de “sodomía” al referirse a las relaciones homosexuales. Desde el lenguaje mismo, y con increíble frecuencia, se alude a “hechos” ocurridos en las ciudades bíblicas de Sodoma y Gomorra para justificar la homofobia y hasta la violencia contra homosexuales y lesbianas. Pero, ¿existieron realmente Sodoma y Gomorra? “Sodoma” deriva de la palabra hebrea que significa “quemado” y “Gomorra” de la palabra hebrea que significa “aplastado”. En el afán de encontrar alguna base histórica a este conocido y manipulado relato bíblico, el National Geographic ha difundido las investigaciones arqueológicas que descubrieron los restos de dos ciudades de la Edad del Hierro en las cercanías del Mar Muerto, que aparecen arrasadas. Según los arqueólogos, esos asentamientos humanos pudieron desaparecer a causa de invasiones de pueblos enemigos o por terremotos o por incendios, o por una combinación de estos tres desastres. Lo más significativo, a juicio de los investigadores, es que en esa zona existen lechos subterráneos de gases combustibles (el “azufre” bíblico), lo que permite suponer que el fuego producido por un desastre natural o de otro tipo debió haber provocado incendios incontrolables y llamativos, que la memoria de los pueblos nómadas conservó como hecatombes jamás vistas y cuyos relatos se transmitieron oralmente durante mucho tiempo. Independientemente de lo que sucediera o no en estas ciudades, de que hayan sido ciudades reales o mitológicas, el relato bíblico cuestiona a los vecinos de Lot por su falta de hospitalidad contra los “ángeles” de Dios, más que por sus intenciones homosexuales. Los cuestiona por su “pecado social”, no por su “pecado sexual”.

En conclusión, creo que ante toda expresión de la sexualidad humana lo que debe prevalecer es una central para nuestra religión cristiana: “Dios es amor y donde hay amor ahí está Dios”. Si la homosexualidad se vive como expresión de amor (compromiso, afecto, apoyo, placer y felicidad compartidas), ahí está Dios. Si la homosexualidad se vive de una manera alterada, dañina, ahí no está Dios, pero no por ser una relación homosexual, lo mismo aplica en una relación heterosexual. El principio básico de nuestra religión, aprendido de Jesús de Nazaret, es ése: donde hay amor, ahí está Dios.

A menudo hemos creído, o nos han hecho creer, que Dios nos creó macho y hembra, varón y mujer, sólo para procrear, para reproducirnos, para tener hijos. Tal vez por eso pensamos que, como en una relación homosexual, ni gays ni lesbianas pueden reproducirse biológicamente, pensamos que esa relación es contraria a la voluntad de Dios. Esa visión es muy materialista, no es espiritual. Toda pareja humana es para la comunicación, para el placer, para la felicidad, para el afecto. En el caso de las personas homosexuales, también deben poder adoptar hijos si así lo quieren. También esas parejas son una familia, con o sin hijos.

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