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Cállela que es libre

A propósito de la fuerza con que apareció el tema del acoso callejero en el laboratorio de Cuerpo y Movimiento en el que recientemente participamos con “Por Púrpuras Ganas”, se nos hace cada vez más importante compartir las experiencias y las reflexiones que colectivamente hemos ido construyendo en los últimos dos años en la Red de Teatro del Oprimido en Centroamérica en torno a esta problemática que afecta tan profundamente nuestras vidas. La exploración estética y política inició en la formación avanzada de multiplicadores y multiplicadoras de TO en Guatemala y continúa en varios de los grupos de Centroamérica.

Sentimos que el tema nos atañe personalmente y nos planteamos la necesidad urgente de resolverlo. Compartimos, pues, con la esperanza de que entre todxs logremos encontrar palancas que nos permitan ir transformando nuestros movimientos como sociedad y construyendo relaciones cada vez más dignas de llamarse humanas.

  • El acoso callejero existe más allá de mí, pero también a través de mí y por mí. No es un duelo de un hombre que silba vs. una mujer que camina por la calle sola, es una cuestión estructural:
  • “tsss tss” podría ser el soundtrack de mi vida, el sonido que simboliza la calle y que sustituye mi nombre. El acoso callejero es una expresión sistemática de la violencia de género; es un recordatorio cotidiano de que para sociedades patriarcales los cuerpos de las mujeres deben estar confinados al espacio privado- donde también hay violencia.
  • En  medio de Marimar, el Buki, las maquilas y el call-center: El acoso callejero no es un hecho aislado, es una forma de relación (de poder), principalmente entre hombres y mujeres que se ha establecido en el tiempo. Está conectado con instituciones, ideas y otras formas de relaciones de poder, patriarcales, pero también conectadas con otras desigualdades, por mencionar algunas:
    • La doble moral religiosa que sostiene la diferencia entre la mujer buena, pura, asexual, madre intocable vs. la mujer mala, sexualmente “incontrolable”, sujeta a ser “domada”.
    • Estados que limitan los derechos humanos de las mujeres, negándonos el derecho a decidir sobre nuestras propias vidas.
    • El capitalismo que como ideología fragmenta la realidad, descontextualizándola, convirtiendo todos los problemas en problemas individuales y como modelo productivo se sostiene sobre dinámicas de explotación en las que los cuerpos de las personas sufren la violencia de ser tratados como mercancías.
    • En el caso de las mujeres, esta violencia se exacerba por la  división sexual del trabajo, por la cual las mujeres siguen siendo las responsables de la mayoría de los trabajos de cuidado (en el hogar y fuera de ellos). Los cuerpos de las mujeres siguen siendo considerados cuerpo-para-lxs-demás (que pueden ser acosados, tocados, abusados), pero que además deben mantenerse  “perfectos y puros”.
    • Los medios de comunicación y la industria cultural (re) producen un discurso a favor de la dominación de las mujeres: “Aguanta chiquilla, aguanta”, “Mía, mía, mía, mía, mía….”
    • Nos ofrecen el amor romántico como panacea de todos los malestares causador por el injusto funcionamiento del mundo:, “No hay nada más difícil que vivir sin ti…” (ni la precariedad, ni los abusos políticos).
  • Minifaldas malhumoradas: El acoso callejero no es un problema de las mujeres. Menos de nuestra ropa, ni de nuestro carácter.  Es un problema de poder; está presente en los espacios públicos conviviendo con otras invasiones de límites vitales. No es, por lo tanto, nuestra exclusiva responsabilidad solucionar un problema que emerge desde lo profundo de una sociedad patriarcal que marca de manera tan diferenciada la experiencia de ser hombres y ser mujeres (qué espacios podemos ocupar y cómo, qué podemos decir y qué no, cuáles son los criterios válidos, cuáles son descalificados, etc.).
  • En un silbido se nos va la humanidad. Porque en ese silbido se refuerza el poder, se legitima una vez más toda la violencia que se ha ejercido en contra de las mujeres. Al ser acosadas, se mina nuestra humanidad, somos tratadas como cosas. Las mujeres perdemos confianza; independencia-autonomía; seguridad- autoestima: perdemos la posibilidad de no depender del cuidado de los hombres; energía vital; integridad física y mental; intimidad sexual; la posibilidad de relacionarnos con nuestros cuerpos desde el placer; perdemos el respeto por los hombres; la posibilidad de establecer relaciones íntimas y políticas; perdemos por tanto, la posibilidad de colectividad; perdemos visión (vivimos un encierro que limita nuestra acción transformadora); credibilidad y posibilidad de expresar nuestras inconformidades.
  • El acoso callejero también afecta a los hombres, acosen o no. La experiencia sistemática de la violencia modifica todas nuestras relaciones o muchas de ellas. Si las mujeres perdemos el respeto por los hombres, perdemos todxs  la posibilidad de establecer relaciones paritarias, sanas, que aporten a la construcción de mejores vidas individuales y colectivas.

Sobre las alternativas:

Aunque parezca una sobrecarga de información, confiamos en que una visión compleja de las problemáticas actúa a favor de su transformación y no como un bloqueo a la acción. Un nudo importante de nuestra exploración con teatro del oprimido ha sido cómo buscar alternativas colectivas a esta problemática pública. En este sentido, estas son las pistas que nosotro/as hemos encontrado:

  • La importancia de no privatizar la violencia. El acoso callejero es un problema público y debe ser abordado como tal.
  • Somos muchas mujeres, sino todas, las que vivimos esta situación: ¡Solidaridad!
  • La sociedad en general no reacciona frente a estos eventos; para esto es necesario crear estado de opinión, colocarlo como un tema problemático (¡no folklórico!)
  • Hombres que usan su poder a favor del cambio, evitando que otros hombres acosen, hablando con ellos y condenando el acto cuando sucede.
  • Crear alternativa a largo plazo que conecten con las otras dimensiones que a nivel estructural legitiman y sostienen la violencia hacia todas las personas y hacia las mujeres en particular: campañas de sensibilización y de reacción colectiva inmediata, fortalecer los mecanismos de denuncia de todas las formas de violencia.

Reflexiones colectivas sobre el acoso callejero desde el Teatro del Oprimido. Fernanda Siles, Red Centroamericana de Teatro del Oprimido.

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