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Al amanecer

Al amanecer

Por La niña de la lira

Tu vida brillará más que el sol al mediodía;

tus horas más oscuras serán como el amanecer.

Job, 11, 17.

Me despierto. Instintivamente abro los párpados, pero los vuelvo a cerrar. Consciente de que voy a abrirlos otra vez, me preparo para ejecutar la acción. “Me preparo”, dije, pero ¿cómo uno se prepara para ver? Realmente eso no se hace. Uno puede simplemente despertar sin imaginarse que el aire está siendo convertido en dióxido de carbono por dos respiraciones: la nuestra, y la asquerosa y agitada de alguien que está esperando con un largo punzón en la mano izquierda el momento justo en que nuestros ojos quedan al descubierto, cual si fuese un gorrión agitado en busca del polen de una girasol con todos sus pétalos extendidos, para insertarle el pico. Nadie se imagina que él aguarda solamente para extraer nuestros ojos. O simplemente para clavar el punzón por pura maldad, o placer… uno nunca sabe. Uno no piensa en eso, nunca se está listo para una situación como esa. Y si se estuviera, ¿qué sentido tendría? Igualmente perderíamos nuestros ojos. Pero bueno, el hecho de que sean extraídos sería halagador. No obstante, en el segundo y tercer casos, si uno tomara medidas antes de dormir, hay la posibilidad de colocar una toalla sobre la cual reposaría la cabeza, para que la sangre no manche las sábanas, en el caso de que se duerma sin almohada.

Es momento de ejecutar la acción: jamás me había detenido a sentir cómo las córneas rozan las paredes interiores de los párpados, buscando insistentes la luz que, por otro lado, está ausente. Deduzco que el loco del punzón en la mano izquierda solo estuvo en mi imaginación, no porque no lo vea, sino porque no siento el arma en mis nervios oculares. Una sonrisa me deforma leve y parcialmente la cara. Mis labios se estiran hasta formar un cuarto de luna menguante carmesí. La piel se contrae alrededor de mis comisuras labiales. Por el contrario, en mis cachetes la piel se expande, como se expande el universo constantemente. Dos zanjas se cavan desde detrás de mis fosas nasales hasta mi barbilla, rodeando mi boca. Cuando la sonrisa se desdibuja, mis labios se encogen como espundias bajo sal y se arrugan hasta asemejarse a pétalos marchitos. Puedo sentirlo de forma sutil… muy sutil. Hasta el momento, los parpadeos han sido muchos y apenas me he percatado del insignificante cosquilleo provocado por el entrecruce de las pestañas superiores con las inferiores. Aunque, en definitiva, no puedo decir qué pelo de la pestaña izquierda de arriba se cruzó con cuál de la de abajo.

Giro bruscamente mi cabeza hacia la izquierda y mis huesos truenan como el sonido a lo lejos de una descarga eléctrica. Succiono una ráfaga de aire  que azota la copa de mis árboles nasales. Su grotesco aroma, amargo, ácido y a la vez rancio, me corroe lo más íntimo del cerebro. En mi mente se cruzan imágenes de anoche, que hacen de mi cráneo una  urna de explosivos. Intento borrarlas, pero es mi cuerpo el que recuerda. El efecto que me ocasionan es tan doloroso como la incrustación de un martillo en el sepulcro encefálico. Para intentar evitarlas, aprieto los párpados con tanta fuerza que percibo cómo mis ojos salen de su órbita. Pero no es más que un intento fallido: me es imposible impedir la aparición de estos pasajes. Veo cómo la luz de los candiles penetró mi cuarto a través de las hendijas. La silueta de alguien se dibujó frente a mí. Apenas pude ver que sobre su hombro se esbozaba la sombra de su hombrera. Era un agente de la Policía Nacional o del Ejército—no hay diferencia en su crueldad. Se acercó sin hacer ruido. Se subió a la tijera. Se sentó sobre mí. Sus piernas abarcaron las mías enflaquecidas y sus músculos me presionaron con la fuerza de un caballo. Yo estaba inmóvil. No sabía quién era. No sabía cómo actuar. Asió su arma solemnemente como si fuera el asta de una bandera, con la punta apuntando al cielo.  Bruscamente abro los ojos. Regreso a mi realidad. No veo más que la oscuridad. El dolor de cabeza se disipa y la imagen poco a poco se borra.

Trato de sentarme en la tijera, pero mi espalda está muy rígida, como si por espina dorsal tuviera  treintaitrés gonces de bambú secos, todos clavados al subsiguiente. No soy capaz de encorvarme. Trato una vez más. Logro levantar la cabeza y apenas el inicio de mis lomos. Los clavos empedernidos poco a poco van cediendo. Su crujir sucesivo y la oscuridad de la habitación me trasladan a la tormenta de hace tres noches, cuyo ronquido sonoro no nos dejó dormir. Intermitentemente, pude ver los rostros de mi mamá, mi papá y mis hermanos, y lucían de un tono platinado. Pero no veía solamente sus rostros. Veía cómo se persignaban y movían su boca sin parar—y lo hacía yo también—para pedirle a Dios el cese de aquellas luces que caían con furia sobre la tierra y que, sin embargo y muy noblemente, nos permitían mirarnos las caras en la densidad de la noche. Le rogaban que se disiparan las gotas que se desplomaban con la fuerza de una balacera sobre el zinc ya corroído, y que lo traspasaban e iban directamente a las panas verdes que estaban esparcidas por todo el suelo, para evitar la formación de pequeñas lagunas amorfas, y consecuentemente, evitarnos el trabajo de hacer terraplenes. Le imploraban que ya no les atormentara más con los estruendos de los destellos que partían el cielo pero que nos unían.

 

Padre eterno, yo te ofrezco el cuerpo y la sangre. Yo no pido que esta tormenta se detenga. El alma y la divinidad de tu amadísimo hijo, nuestro señor Jesucristo. Tienen miedo de morir. Están verdaderamente asustados. Como propiciación de nuestros pecados y los del mundo entero. Yo no sé si quiero morir, pero creo que no tendría problema con ello. Por tu dolorosa pasión, tené misericordia de nosotros y del mundo entero. Sus cuerpos tiemblan. Se contraen y lloran. Por tu dolorosa pasión, tené misericordia de nosotros y del mundo entero. El mío se alegra de tenerles cerca sin nada entre nosotros que nos separe y con todo que nos una. Por tu dolorosa pasión, tené misericordia de nosotros y del mundo entero. No se asustan por la potencia del sonido, ni por los destellos de luz, ni por las balas líquidas. Por tu dolorosa pasión, tené misericordia de nosotros y del mundo entero. No se asustan porque hay la posibilidad de que mueran, ni porque han sido capaces de solamente identificarla en este momento. Se asustan porque no han vivido como seres humanos, sino como pedernales que no viven y que no sienten. Se asustan porque no han sido seres humanos, sino simples alter egos en los alter egos de la sociedad. Tienen miedo porque no han pasado tiempo con nadie, ni consigo mismos: sus alter egos han pasado tiempo con otros alter egos a través de pantallas… Señor, te pido por favor que, por tu dolorosa pasión, tengás misericordia de nosotros y del mundo entero.

 

He logrado sentarme. Siento tres mil trescientos treintaitrés millones de patitas de hormiga que se deslizan sobre mis extremidades inferiores, que van y vuelven velozmente, dejando rastro por donde avanzan como si mi piel fuera la tierra rojiza, veraniega de la montaña, o la tierra rojiza y veraniega de la montaña fuera mi piel. Con el patente entumecimiento, confirmo que he pasado algún tiempo en aquel estado, pero no sé cuánto. Aun con el cosquilleo, levanto las piernas lo suficiente para girarme y poner los pies sobre la tierra. Primero procedo con el izquierdo. Está helada… Está muy helada y húmeda. Todos y cada uno de mis poros se pronuncian mientras mis pezones se endurecen hasta quedar como granos de frijoles crudos. Uno a uno, los pelos de la primera fila que rodea mi tobillo se erizan, y una a una las filas que cubren mi rodilla van formando una ola hasta llegar a mi entrepierna. Pongo el derecho y sufro la misma sensación pero esta vez me recorre todo el cuerpo, y los pelos se quedan suspendidos y erguidos, como si por piel tuviera potreros enteros, extensos, todos llenos de manojos de clavos finos y puntiagudos.

Por un momento, tengo la sensación de que puse mis pies sobre un cadáver que lleva algún tiempo ahí, tirado, abandonado. Levanto levemente mi talón izquierdo y la callosa piel se despega de la superficie fría y viscosa, pero entre mi carne y la tierra se forma un hilo líquido y un tanto denso que aún nos une, cual si fuéramos bebé recién parido y madre. Si no fuera porque está oscuro, diría que es sangre. Escucho el zumbar de una mosca. Se acerca y se aleja, y solo me recuerda las dos fuerzas que ejercen su poder sobre la luna y que la mantienen orbitando alrededor de la tierra. También hay dos fuerzas aquí: mi tufo que la atrae y sus alas que, en dependencia de sus instintos, la van a acercar o a alejar de mí. Se acerca. Puedo sentir cómo su aleteo hace vibrar las venas sobre las que se posa en mi pie. Avanza de un lugar a otro, dando pequeños brincos. Me percato de que sigo escuchando el zumbido y pronto me doy cuenta de que hay algunas moscas más, y de que son igual de inteligentes que la primera.

Dije que había algunas moscas más, pero son muchas realmente. Estoy seguro de que si tan solo hubiera un destello de luz, vería mi cuerpo todo cubierto de una capa negra potentemente vibradora. Logro asir una de las moscas que se habían posado en mi pierna. La acerco a mi nariz para sentir su olor. Aspiro, pero no siento nada. Aspiro nuevamente y con más fuerzas: nada. Aspiro una tercera vez y logro succionarla, y quedo convencido de que las moscas no tienen olor… al menos no uno que yo pueda describir. Estando dentro, hace su zumbido infernal e inmediatamente quiero expulsarla. El cosquilleo es insoportable. La vibración es en la nariz, pero yo la siento como un taladro en el cerebro. Los tendones de mi cuello, de mis piernas y rodillas se tensan tan fuertemente que parecen nudos, y tengo que soltarlos para que no devengan en calambres. Tapo el orificio de mi fosa nasal derecha y expulso aire con toda la fuerza que puedo. Pero la molestia continúa. Trato una vez más y el bicho sale, aunque no volando. Con él, se desprende un líquido espeso que cae sobre mi pierna izquierda.

A las moscas hay que quemarles las alas para que no puedan volar, me había dicho mi papá antier, antes de que cenáramos. El solo sonido de su voz me taladraba el tímpano, pues casi nunca hablaba. Nunca me hablaba. Mi talón derecho comenzó a moverse velozmente de arriba abajo, dejando que el resto del pie se sostuviera sobre el metatarso. Por eso es que ponemos el candil en la mesa, dijo, así dejan de joder. Mis uñas comenzaron a rascar la mesa, suavemente al principio. Mi pierna comenzó a golpear agresivamente la mesa de madera. Con cada golpe, se levantaba un centímetro del suelo. ¿Qué es eso?, ¿sos vos?, gritó un poco asustado. Yo no sabía qué responder ni cómo actuar. Su café caliente se derramó y le embebió la ropa. ¿Qué estás haciendo, estúpido? Agaché la cabeza y miré fijamente lo que hacía con mis manos. La mesa estaba reparablemente rasgada y, entre la carne de mis dedos y mis uñas, había trocitos de madera seca; como para prenderles fuego, pensé. No dije nada. Para calmarme, debía centrar mi atención en otra cosa. Tomé una mosca y la puse cerca de la llama. Le quemé las alas y la solté. Al ver que no podía escapar, la tomé nuevamente y me la acerqué a la nariz. Olía, supongo, a mosca quemada. Sos un chancho, me increpó. Inmediatamente procedí a quemarla por completo tomándola por las delicadas patitas, en un intento por desaparecer la evidencia. Ahora tenía las manos bajo la mesa y sobre mis piernas: cada una de las yemas de mis dedos estaba pegada a la palma y los pulgares frotaban fuertemente el primer gonce de los índices. Mirá lo que le enseñás a ese cipote vos, le gritó a mi mamá. Ella no contestó. Ella nunca le contestaba, como hacía yo. Sirvió la comida de mi papá y la de ella. Se sentó a la mesa y me agarró por la parte trasera de la cabeza. Ensartó sus uñas en mi cráneo y, con todo su odio hacia mi padre, me estrelló la cara contra la mesa. Cuando vio que la sangre de la nariz se revolvía con mis lágrimas, me dijo con la boca casi cerrada que me calmara y, si no lo  hacía, me iba a golpear otra vez para que llorés de verdad. Me dijo que me fuera a lavar la trompa y que me sirviera la comida. Y dejá de llorar que parecés maricón. Eso fue lo último que dijo. Hijuela-tres-putas, dijo mi papá pues se le había olvidado darle su celular a mis hermanos para que lo llevaran a cargar donde su patrón. También fue lo último que él dijo.

Coloco los dedos de la mano izquierda sobre mi rodilla y los voy subiendo suavemente, en busca de lo que salió de mi nariz. Las moscas salen volando, asustadas de que voy a matarlas. Llego casi a mi entrepierna. Ahí está. Lo toco. Llevo la mano hacia mi boca. Es una sustancia nauseabunda: una combinación entre lo salado de la mucosidad, pero más salado aun, y el sabor del óxido en los machetes. Vuelvo mi mano para limpiar mi pierna, pero hay mucho líquido. Lo único que logro es esparcirlo sobre mi muslo y embarrarme la palma. Giro mi cabeza hacia la derecha y percibo tres débiles haces de luz que se cuelan por entre las tablas que forran mi cuarto. Uno de ellos cae directamente sobre la tierra. El otro alumbra una de las patas de la tijera. El tercero ilumina, en mi aposento, un amontonamiento de moscas sobre una protuberancia que parece ser un pie izquierdo con los dedos hacia arriba.

En mi habitación hay un pie que no es mío. Al menos no quiero creer que es así. Mis pies, ambos están sobre la tierra. La siento bajo ellos… gracias a ellos. Como todos los pies, este luce repulsivo: de él brotan cinco extremidades huesudas, retorcidas y dispares, recubiertas de pellejo con algunos pelos hirsutos, y forradas con uñas tan gruesas, amarillas y mugrientas que solo se asimilan al caparazón de una vieja tortuga que nunca ha salido del río. Como respuesta a la imagen tan soez, de mi cuerpo, especialmente de mis manos, comienza a brotar un sudor espeso. Pienso que solo es cuestión de acercarme un poco para poder tocarlo, así que levanto mi brazo derecho y lo encamino hacia aquella cosa que, a pesar de todo, me atrae. A medida que me acerco, mis dedos se van crispando y la mano comienza a temblarme. Las moscas comienzan a extender sus alas, a alejarse y a zumbar. Aproximo mi mano algunos centímetros más. El sudor es indetenible y el tufo sumamente penetrante. El temblor se exacerba. Toco sus fríos dedos… fríos como el hielo, y el sudor se solidifica al instante. Mis dedos no resbalan sobre aquella superficie, sino que entre más presión ejerzo, más adentro penetran los que parecen ser pedacitos infinitesimales de cristales helados que entorpecen los laberintos de la palma de mi mano. Una ola de frío me penetra: primero la piel, luego la grasa y los músculos, y finaliza en la médula ósea de los huesos; un sentimiento horrible. Me siento petrificado, pero pronto el calor vuelve y, con él, mi movilidad, mi sensibilidad.

Acaricio la textura de sus dedos. Una extraña sensación recorre mi mano. Es como si entre su piel y la mía hubiera algo que impide el contacto directo, pero que, a la vez, lo permite. Recorro mi índice por sus pesuñas y no son una superficie lisa; más bien, tienen pequeñas hendiduras y leves brotes. Paso mis dedos por su cuero, hasta el talón. Las moscas vuelan cada vez que me muevo. Su piel está llena de cayos y rasgada, como la tierra árida, yerma. Vuelvo mi mano hacia sus dedos e intento doblarlos, pero están más rígidos que el hierro. Decido que debo seguir explorando aquel cuerpo, aspirando su pestífero aroma, sintiendo su envoltura cadavérica. Deslizo mi mano sobre sus rodillas velludas. Sus pelos están erizos. Llego hasta el huesudo muslo. Me conduzco por su entrepierna y sus gruesos pelos me rasgan la piel. Su sexo es pequeño. Continúo: tiene el abdomen hundido y el ombligo profundo. Carece de pelos en el pecho y alrededor de sus pezones. Las cuerdas de su cuello están rígidas y, por su complexión esquelética, diría que su rostro está hinchado; hay tierra en su piel.

A medida que la habitación se llena de luz tenue y pálida, me voy descubriendo sobre aquella tijera, con el rostro inflamado, resquebrajado, irreconocible, bajo el manto negro de las moscas; algunas cucarachas salen de debajo de mi espalda y aguardo la llegada de las ratas. Me veo allí, a mi lado; estoy consciente de que soy yo o, más bien, de que esto es una parte de mí, pero no logro asimilarlo. Nunca creí que pudiera verme desde fuera. Me percibo ahí, tirado; tan externo a mí y, a la vez, tan parte de mí. Pronto siento un vacío y no sé si mi cuerpo también lo siente. Poco a poco y con los ojos cerrados, las imágenes de lo que sucedió anoche vuelven: en la cena no se pronunció palabra alguna. Esta vez, mis hermanos habían ido a cargar la batería de sus celulares por la mañana. Después de que hubimos comido, yo me fui a acostar. Antes de entrar a la habitación, los vi por última vez, sentados y con las caras iluminadas por las pantallas. Una vez acostado, escuché el trote de algunos caballos que se acercaban. El perro ladró y fue callado con un balazo. Golpearon la puerta agresivamente y rompieron el mecate que la mantenía cerrada. Nadie gritó. Mi corazón se aceleraba cada vez más. Los visitantes saludaron con un balazo hacia el cielo. Mis hermanos no dijeron nada; nadie dijo nada. Todos sabíamos que nos había llegado la hora, que al día siguiente en los noticieros no dirían que ejecutaron órdenes de arriba, sino que pedirían disculpas por el error cometido, por las cinco vidas arrancadas, y que se pondrían a llorar. Dispararon. Escuché el crujido de un cráneo al ser traspasado por la bala. Por los gritos agudos, me di cuenta de que no había sido el de la mujer. Después hubo dos disparos más y dos crujidos más. Yo me lancé al suelo y logré meterme debajo de la tijera; que mueran solos, pensé, pero que mueran. Uno de los agentes de la Policía Nacional o del Ejército—no hay diferencia en su crueldad—entró a mi habitación y me puso una suela áspera sobre la cabeza. Me pateó la cara y me subió a la tijera. Te querías esconder, ¿verdad?, dijo, a la vez que de su boca llovía saliva. Se sentó sobre mí y comenzó a golpearme con la culata de su arma, mientras yo escuchaba los desesperados gritos de una mujer, allá, fuera de las fronteras de mi habitación. Cerrá los ojos, me pidió. Pero yo no lo hice. Quería ver lo que iba a hacerme. Tomó su arma y me la puso en el ojo. Disparó.

Cierro los párpados. Los abro nuevamente y los colores aparecen más nítidos que nunca. Mi cuerpo está ahí, a mi lado, siendo roído por las ratas que no tardaron mucho. Me pongo de pie y me propongo abandonarlo. Fuera, veo los otros cuatro cadáveres y muchas moscas y ratas sobre ellos; paso por encima y me encamino hacia la entrada. La puerta está abierta y una gran luz que entra a través de ella me ciega. Salgo. Mis pies comienzan a pisar las hojas secas, comienzo a sentir cómo crujen, cómo la tierra suelta se pega a mis talones. Hoy todo luce como cuando el sol recién sale, después de una larga tormenta. Enfrente de mí hay una loma, en la que solía resbalarme cuando era pequeño. La subo.

En algún lugar había leído que, al amanecer, alguien extendió su mano sobre el mar y este volvió a la normalidad: así es como me siento. Los emergentes rayos de sol toman fuerza en mí. En el cielo se trazan pincelazos rojos y azules que se pierden en el horizonte con el verde de las montañas; las estrellas aun están ahí, aun distan millones de años luz; la luna nueva todavía es visible. A mi derecha hay un árbol de jazmín, cuyas flores me caen encima y cuyo aroma me satisface, me llena. Una pequeña brisa me lava: la sangre en mi mano izquierda poco a poco se disuelve y se hace parte de mí. La tierra se hace parte de mí. Las hojas, las flores, los animales, el viento, los olores, los colores, el polvo cósmico, las partículas de todos los planetas, de todos los cuerpos, el calor de todos los soles de otras galaxias y de esta misma, la Laniakea entera y todo lo que la constituye… se hacen parte de mí a la vez que yo me hago parte de ellos. Antes habíamos estado separados y cada uno llevaba en sí una parte del todo, pero ahora nos fundimos juntos, formando una unidad que está en todos lados, dispersa, diversa. Soy algo inmenso, algo diverso, algo inexplicable; perceptible e imperceptible a la vez. Soy el todo.


Texto narrativo enviado bajo el seudónimo de “La niña de la lira”.

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