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Sobre viralizar las historias de violencia

Les presento una breve reflexión como una continuidad del escrito anterior y de mi propuesta de que es momento de que las mujeres tomemos nuestras historias y seamos nosotras, no terceros, quienes las contemos.

Al llegar a casa la noche del 7 de julio de 2017, impulsada por llevar al plano de lo real lo que había en el mundo de mis ideas, reuní a las mujeres de mi casa para decirles de una vez por todas que yo no soy virgen y que el primer acto sexual que me involucró fue producto de una violación. Tenía 19 años cuando un hombre de mi misma edad, en una clara relación desigual de poder, me violó. Por fin rompí el silencio. Anhelaba hacerlo desde aquel sábado 2 de febrero de 2013, pero no podía, no tenía ni el valor ni las herramientas necesarias para armar mis pedazos rotos y ver con más claridad al evento traumático junto con sus consecuencias. Por cierto, aun trabajo en eso.

Una vez hablé con mi núcleo, el siguiente paso lógico era desviar esta historia de su posible desenlace: un tema del que se hablaría en susurros. Esa misma noche Facebook se convirtió en mi plaza pública, el lugar donde podría gritar y dejar registro de la violencia sexual.

Esto que empezó como una denuncia social tomó una dimensión que no esperaba. De la plataforma de Facebook el debate rápidamente pasó a Twitter. El alcance de la denuncia superó mi capacidad de seguimiento. No lo sabía en ese momento, pero con este gesto de denuncia se marcó un hito que tocaría las sensibilidades y los recuerdos de innumerables mujeres en la capital.

Las redes sociales fueron un campo de batalla, pero ya estaba preparada para lo que encontraría: sospechas sobre la víctima y defensa sobre el victimario. Somos personas socializadas para culpabilizar a la mujer que habla, en especial cuando decide desprivatizar la violencia con nombres y apellidos de por medio. Eso no es más que una muestra del lugar que tenemos las mujeres en la sociedad nicaragüense. Nos quieren calladas, pero ya no más.

Al día siguiente desperté con la necesidad de relatar los hechos y enfrentar los cuestionamientos en torno a mi decisión de hablar cuatro años después de la violación. La plataforma WordPress se convirtió en un nuevo lugar para construir memoria pública de la violencia “privada”. Con mi texto Un acto de coherencia, pude verificar el comportamiento social que comento en el párrafo anterior. Y como dice el refrán popular, para muestra un botón. Les invito a reflexionar con detenimiento el siguiente comentario que capturé:

Este comentario es alarmante. “El men”, es la voz de la cultura de violación que se siente amenazada con el uso de plataformas virtuales en función de denuncia social. “El men”, es quizás el vocero de todos y cada uno de los potenciales violadores de éste país. Él mantiene un claro discurso de rechazo por la denuncia pública, pero ese discurso solo es muestra de su subjetividad, de su modelo de socialización masculina. Me preocupan las mujeres que han pasado por su vida, pues en su comentario leo, a todas luces, que él ha abusado sexualmente a más de una mujer. El alcohol justifica el asaltante sexual. Si ustedes mujeres, en estado de ebriedad, fueron penetradas por un hombre, ese hombre cometió un delito de violación, pues ustedes claramente estaban en una posición de vulnerabilidad.

Les recomiendo visitar este artículo escrito sobre las ideas de la antropóloga argentina Rita Laura Segato. En otro momento podremos reflexionar sobre las ideas que ella nos comparte, para intentar comprender todo este molotov de violencia que atenta en nuestro de nuestros cuerpos, mentes… en contra de nuestra vida.

Cinthya Zeledón, julio 2017

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