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Riesgo – Una perspectiva colorida

Riesgos se toman a diario; no hay forma de no correr alguno o de vivir sin ellos. Se corre el riesgo de sufrir un accidente con el simple y cotidiano hecho de conducir, utilizar el transporte urbano o caminar por la acera; se corre el riesgo de resultar lastimado al cortar cebolla con un cuchillo afilado, al dormir bajo un abanico de techo o, incluso, al estar enamorado.

El riesgo es un factor inherente a la experiencia humana y debe asimilarse como tal. Como dijo algún autor que en este momento no recuerdo —o tal vez lo soñé—: “La experiencia de vivir es, en sí misma, el constante riesgo de morir”.

A partir de la premisa de que no existe manera de vivir una vida sin riesgos y de que, si alguien lo consiguiera, me atrevo a decir que esa vida no vale la pena ser vivida, quiero darle una visión un poco menos opaca y atemorizante a la palabra, tratar de suavizarla hasta convertirla en un término emocionante y casi sinónimo de “interesante”, si es posible.

Buscando la felicidad

Para comenzar, se sabe que cada una de las emociones y sensaciones cumple una función adaptativa dentro de alguna de las dimensiones de la experiencia humana.

El ejemplo más claro de esto dentro del espectro de las sensaciones es el dolor físico, pues es el responsable de que sepamos que un cuchillo se agarra por el mango, que el fuego no se toca y que hay que tener mucho cuidado al cerrarse el zipper del pantalón.

Por otro lado, y en todo caso un poquito menos obvio, tenemos la utilidad de las emociones. La tristeza, la felicidad y el miedo tienen funciones específicas que procuran convertirnos en seres humanos capaces de adaptarnos a nuestro medio sin morir demasiado rápido en el intento.

El miedo nos aleja del peligro, la tristeza nos permite alejarnos a reevaluarnos y mejorar, la ansiedad nos permite generar cambios necesarios en nuestra vida y la felicidad… bueno, la felicidad hace que todo lo demás valga la pena.

¿Qué tiene que ver el párrafo anterior con el tema del riesgo y mi intento en convertirlo en una bonita palabra? Bueno, resulta que considero que, como todo en esta vida, las emociones se nutren de las mezclas entre ellas.

Fórmulas para la vida

Estas combinaciones describen mejor la nanométrica sutileza de la experiencia humana. Por ejemplo, podemos decir que el enojo y el miedo se unen para formar impotencia cuando un hombre del doble de tu tamaño te falta el respeto; o, que la tristeza se une con el enojo para formar decepción cuando alguno de tus amigos te traiciona de algún modo.

Pero, para ilustrar lo que yo considero una descripción de la percepción de riesgo en nuestras vidas, quiero proponer la siguiente fórmula:

Temor + Satisfacción + Curiosidad = Excitación

Cuando se corre un riesgo, por definición, existe la posibilidad de que se sufra algún daño. La consciencia de que existe un peligro genera el primero de los sumandos de la ecuación.

El segundo sumando se genera a partir de la idea de que no existe razón alguna por la que alguien asumiría la posibilidad de un daño si no existiera un motivo, una posible ganancia, una satisfacción por saciar. Al existir la idea de esta satisfacción, la emoción generada se “embarra” del elemento y se vuelve real.

En relación al tercero de los sumandos, la incertidumbre de no saber si el resultado se inclinará hacia la materialización del objeto del temor o hacia la materialización de la expectativa de satisfacción, genera una curiosidad que cumpliría el más vago de los requisitos para generar excitación.

Ahora, propongo una retahíla de ejemplos:

  • El paracaidista:

Voy a morir + Voy a pasarla muy bien + ¿Qué irá a pasar? 

  • El transeúnte temerario que cruza sin precaución:

Me atropellan + Cruzo más rápido que el resto + ¿Qué irá a pasar?

  • El “Don Juan” tratando de “enamorar” en una fiesta:

Me humilla + Me “va bien” + ¿Qué irá a pasar?

  • El inversionista:

Pierdo mi dinero + Triplico el monto invertido + ¿Qué irá a pasar?

  • El emprendedor:

Rechazan mi idea + Hago algo grande + ¿Qué irá a pasar?

Habiendo dado algunos ejemplos que, aunque son bastante aplicables a la realidad de casi cualquier persona, no nos representan a todos como especie humana, quisiera presentar el ejemplo central de mi idea de riesgo:

Fracaso + Tengo éxito + ¿Qué irá a pasar? = VIDA

Sin la incertidumbre de no saber si el resultado de cualquier actividad, por más pequeña e insignificante que sea, no existiría la vida; pues, si no hay absolutamente nada que hagamos de lo que no sepamos si el resultado será favorable o desfavorable, podríamos decir con bastante seguridad que no se está haciendo nada.

Así, podemos decir que la vida es, por definición, una constante de riesgo donde sufrimos daños y obtenemos ganancia, siempre con la picante sazón de la curiosidad.

En conclusión, una vida de riesgos calculados es una vida que vale la pena vivir.

¿Qué opinás?

Óscar A. Gómez Salas – IMPULSO

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