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Sobre denunciar en el contexto tecnológico

2017 ha sido un año intenso, desde marzo se siente un aura pesada. Lo siento así en especial porque habito un cuerpo de mujer y me defino a mí misma como tal.

Esta pesadez que refiero empezó a sentirse con el femicidio atroz de Vilma Trujillo, y continúa por el femicidio de Karla Rostrán. Recuerdo cómo los perfiles de Facebook se llenaron de asombro e indignación.

También recuerdo cómo rápidamente el tema se olvidó y pronto otro asunto se robó la agenda pública: las burlas hacia la señora que reclama por la labor de Enacal y la joven de Masaya candidata a un reinado de belleza.

Sí, este espacio discursivo que propongo es para recordar lo que ha sido la agenda de las redes sociales en materia de violencia hacia las mujeres.

Sin embargo, el foco lo quiero dirigir a las denuncias que las mujeres han realizado a partir del segundo semestre de este año, porque no es justo que se hable de nosotras, y las violencias que recibimos, en tercera persona cuando efectivamente nosotras tenemos la capacidad de hablar.

El lunes 10 y el martes 11 de julio de 2017 dos mujeres blogueras decidieron publicar en sus propias plataformas sus experiencias de abuso.  Una de ellas de connotación sexual y la otra de violencia intrafamiliar.

Con estas denuncias, más una adicional escrita por quien habla en este momento, se marcó una nueva agenda de discusión virtual, espacio donde el contenido viral se había dedicado a la humillación pública de figuras femeninas o la revictimización de las mismas.

Una ola de denuncias empezó a surgir. Mujeres de todas las edades realizaron microblogging en sus cuentas de Facebook o Twitter.

Más blogueras contaron sus experiencias de abuso sexual. Internet se convirtió en un lugar de confrontación entre el pasado traumático, el presente y la construcción de una memoria pública con vistas al futuro. De todas las denuncias solo mi discurso expuso al evento traumático con nombres y apellidos.

Todo este trabajo virtual, espontáneo y bajo la lógica de “bola de nieve”, ha presentado narrativas sobre aquello de lo que no se quiere hablar.

Es más, a la fecha y desde cuentas anónimas en redes sociales, se han expuesto rostros de hombres jóvenes que han violado a más de una joven mujer en ciudades como Managua, Granada, León y Chinandega. Las denuncias exponen un modus operandi que sigue patrones perversos con el uso de drogas, el secuestro y amenazas de femicidio.

A lo largo de estas semanas he recibido en lo privado de mi inbox -Facebook-, decenas de mensajes de hombres y mujeres que me exponen sus propias historias como víctimas de la cultura de violación en Nicaragua. Me sentí agradecida por esa confianza. Sin embargo, debo admitir que en el uso de lenguaje ninguna persona se enunciaba a sí misma como sobreviviente.

La cultura del silencio, la cultura de violación, la rapidez de la información y la poca capacidad social para enfrentar conflictos cotidianos como los que se han expuesto, no hacen un buen conjunto.

Quienes podemos hablar porque nuestras experiencias y círculos de apoyo nos lo permiten, tenemos un deber para con nosotras mismas y todas las demás víctimas/sobrevivientes. Conquistar el espacio virtual y prolongar las denuncias es ahora nuestro reto diario.

Hablar de lo que es incómodo, por reivindicativo y disidente, es nuestra nueva trinchera de lucha. El control del cuerpo de las mujeres en lo real/virtual, las intenciones por silenciar o atacar los discursos de las víctimas, y la impunidad social y penal son nuestros principales retos.

Cinthya Zeledón, julio 2017

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