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Amapolas: Jóvenes feministas inmersas en el teatro

7 jóvenes entre 17 y 29 años quieren a través de la diversión, llevar al público a la reflexión y a la deconstrucción de creencias.

Aunque se conocían y compartían clases, cada una anda por su lado haciendo teatro hasta que la necesidad de organizarse como mujeres y jóvenes surgió y formaron el Colectivo de teatro de mujeres jóvenes feministas Amapolas en el 2015.

Los espacios que existían en Estelí para jóvenes no eran inclusivos, siempre “era el mismo ciclo de hombres liderando, sin oportunidades para nosotras, invisibilizando nuestro trabajo”; esto hizo que Darling Paut, Mariby Romero, Katherine Calderon, Janelly Moreno, Belkys Blandón, Eyleen Martínez y Junieth Gradiz empezaran a aprender en sitios alternativos gestionados por organizaciones feministas como La Corriente o Las Reinas Chulas, para luego crear sus espacios en la ciudad.

A través del teatro, estas 7 chavalas muestran su postura política respecto a los derechos sexuales y reproductivos y la violencia contra las mujeres.

Cuenta Mariby que compartir este colectivo ha sido liberador porque la creación de las obras se basa en las experiencias propias y en procesos de reflexión personales; es “una catarsis, cada una tiene una tensión o una necesidad de hablar y las usamos para crear”, comenta.

Su base: el teatro

El teatro es una forma de acercar y plantear una situación al público y a través de sus historias, Amapolas quiere lograr la identificación y generar debates internos.

Cuando están en el escenario, ellas intentan interactuar y trabajar temas que incomoden o causen polémicas. Temas como la maternidad, el amor romántico, el placer de la mujer, el acoso, abuso y violencia son principales en sus obras.

Su base es el teatro, en especifico el teatro Cabaret, Popular y feminista, lo usan para desarrollar otros proyectos como trabajo comunitario, talleres, performances, pronunciamientos, conversatorios.

El colectivo también trabaja en comunidades a través del teatro comunitario. Desarrollan un proyecto en una comunidad de Estelí con alto índice de violencia y “es un reto porque estas presentando una obra mientras hay hombres armados que sabés que te miran con recelo”, sin embargo, aseguran que estas experiencias les ha dado recursos para seguir creando.

“Mujer, joven y feminista, tenemos todas las etiquetas”

Las chicas recuerdan que el primer obstáculo fue que les cerraron el espacio donde ensayaban y en ese momento, recordaron que en Estelí hay bastante resistencia a la organización juvenil alternativa.

No obstante, esto sirvió como un impulso para seguir porque “no les gusta que seamos jóvenes, mucho menos mujeres y ni se diga feminista y tenemos todas las etiquetas ahí”.

Al inicio, una de sus primeras dudas fue si nombrarse feministas o no debido a que están claras que esta etiqueta les podría traer más perjuicios que beneficios.

Aseguran que sabían que iban a tener problemas de censura y de espacios, también que iban a “llover comentarios como que odiamos a los hombres, que somos feministas radicales, cuestionamientos del porqué no metemos a hombres”, comentan.

Por la posible censura y falta de espacios, empezaron pensando en la calle como su espacio pero no fue tan fácil pues, las autoridades les llamaban la atención o vigilaban los espacios.

Así que han optado por bares o cafés, aunque explican que ahí hay otras barreras porque estos cuidan sus ganancias y creen que “el feminismo no vende” entonces, han tenido que aprender a organizar eventos con estas barreras.

Para el colectivo, ser joven también es una barrera porque “las personas no creen en tu trabajo. Te dejan pegar volantes, gritar en las calles, pero no podés organizar, gestionar o crear” explica Darling.

Según ellas, todo lo relacionado al movimiento social juvenil no interesa porque se entiende como “cualquier cosa” y además que no apoyan, también hay censura y cuestionamientos.

Entre los problemas que trae ser joven, comentan que hacer alianzas o trabajar con organizaciones es complicado por la falta de credibilidad e inclusión en los procesos.“Existe aquel miedo por apoyar y que la caguemos, como somos jóvenes se supone que no sabemos nada así que, se hacen cambios sin tomarte en cuenta”, comentan las chicas.

A pesar de esto, Las Amapolas explican que si han podido trabajar con organizaciones que comparten ideales como el Colectivo 8 de marzo, Movitep,  Vinculos, FCAM y asimismo, otros grupos de jóvenes como el Nido de las artes.

La cultura es tejida por todo el arte que consumimos

La falta de credibilidad en el trabajo de las mujeres por espacios culturales o comerciales, según el colectivo es una de las razones que las llevan a dejar de hacer arte.

No hay apoyo y aún así, deben “demostrar que somos buenas o que podemos llenar el lugar”, comentan.

En Estelí hay muchas mujeres que decidieron dedicarse a otra cosa porque nadie creyó en ellas y un indicador, de acuerdo al colectivo, es que en los actos culturales “cuesta que las mujeres se inscriban y muchas veces lo hacen, pero no llegan”.

Las Amapolas quieren hacer una red de mujeres artistas de Estelí para empoderar, visibilizar el trabajo, gestionar espacios y crear comunidad para crecer y reflexionar.

“Reflexionar sobre lo que reproducimos, porque la cultura también es tejida por todo el arte que consumimos y no es posible que el arte refuerce el sistema, debemos usarla como un elemento generador de cambios”.

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